sábado, 17 de abril de 2010

HISTORIA Y MEMORIA

Por Jorge Vigo.

¿Cómo se ejerce la memoria en un país con 30.000 desaparecidos? ¿Tiene algún sentido recordar, hacer memoria?

Estos interrogantes me parecen inquietantes y angustiantes. ¿Es posible la memoria después del holocausto, es esto posible en la post-modernidad?

Se hace memoria para justificar y comprender el presente, este acto de aprehensión remite al pasado. Las raíces del hoy se encuentran en el ayer. Interrogar ese pasado -ese diálogo que se establece entre pasado y presente, como quería Edward Carr- es preguntarse por la dimensión histórico-política del acontecimiento. Sólo la memoria repara -no totalmente en forma satisfactoria- ese puente roto con el Punto Final al último proceso militar (la dictadura).

Según el crítico Andrés Huyssen "hay hechos dramáticos que las sociedades deben reelaborar, y las políticas de la memoria son el modo en que las sociedades se responsabilizan por su historia".

La sociedad argentina como colectivo social no ha asumido su responsabilidad ante la historia. La división entre los que buscan refugio en el olvido amparándose en leyes antihumanas y los que exigen ejercer el continuismo, la no toma de conciencia y "las manos sucias" versus el discurso de la memoria, el juicio y castigo, el ejercicio de un humanismo esencial.

Si existe una política de la memoria también existe una política del olvido. La memoria es una construcción colectiva, por lo tanto, se sostiene en una cultura de la memoria. La batalla se libra en un terreno que aparece no clausurado, anclado en un pasado al que no hay que molestar. Esa molestia interroga a ese pasado -desvela la trama con la que se construyó la historia argentina en los últimos treinta años, por no decir en toda su extensión. Luchar por el auge de la memoria es combatir contra la aceleración del tiempo que pone distancias entre acontecimientos y espacio.


El desarrollo de un discurso de la memoria haría reducir las extensiones entre tiempo y espacio.

La cultura de la memoria implica el conflicto. Enfrentar el pasado es desnudar el poder que ya ha construido su relato narrándonos a todos. Resistir es un imperativo democrático, una forma válida de ejercer la memoria. Sin memoria no hay historia.


La historia es posible en la medida en que la memoria exista, es decir sea ejercida. Si la historia comenzó alrededor del fuego cuando un hombre decidió relatar su experiencia de caza, ese hombre hizo mucho más que relatar y entretener a sus compañeros. Realizó un acto maravilloso: ejerció la memoria. Su recuerdo se elevó a narración social. Narradores y auditorio, autor y público comparten un espacio común que hoy vive entrelazándonos en un entramado de palabras y sucesos compartidos. Decidió contar para su experiencia-recuerdo no sea un ejercicio individual de la memoria. Al narrar su experiencia-recuerdo volvió práctica social lo que de otro modo hubiera quedado relegado al ámbito personal. Hizo colectivo lo individual. Quizá se vuelva de todos su propia experiencia-recuerdo, para que no se pierda, para que no desaparezca y así todos los participantes se vuelvan portadores de su memoria.


¿Para qué se recuerda? Para que el pasado no quede en el olvido. Para que el pasado no se vuelva desaparición, fuga, aceleración del tiempo, que se despega del espacio sobre el que se desarrolló el suceso. Ejercer la memoria es un acto democrático. Una práctica profundamente humana fundada en un humanismo historicista.


El recurso permanente al pasado puede producir olvido, provocar el recuerdo de un pasado clausurado cuando aún está vivo. Esta retórica del olvido debe ser combatida desde la memoria historicista.

La memoria historicista mantiene vivo el pasado, lo vuelve actual y lo carga con un signo ideológico contrario a la carga que le proyectan los "abolidores de la memoria". Porque no hay fin de la Historia si no es al mismo tiempo el fin de la memoria.
Fuente: http://www.asterionxxi.com.ar/numero1/historiaymemoria.htm

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