domingo, 13 de junio de 2010

Con la cabeza en los pies

Pagina12

Desde el viernes el país vive con la cabeza en los pies. La elección interna radical, las maniobras del peornismo opositor para no celebrar las propias, sus negociaciones con Macrì y las alianzas posibles del kirchnerismo reaparecerán en tres semanas. La candidatura de Bergoglio y el monasterio de Carlos Paz.

 Por Horacio Verbitsky

Desde el viernes las cuestiones políticas y económicas serán apenas audibles en los pocos respiros que se tomen las vuvuzelas. En ese inevitable segundo plano, sin embargo, lejos de Sudáfrica seguirán ocurriendo cosas de interés, con consecuencias importantes para la vida cotidiana de las mismas personas que por ahora tienen la cabeza en los pies. Muchas de ellas arrasaron con la provisión de televisores de LCD, vendidos en cuotas a más de cuatro años, lo cual refleja tanto la recuperación de la economía como los riesgos que la acechan, dado el incremento vertical de importaciones de esos productos. Este fenómeno podría prolongarse hasta el domingo 11 de julio, cuando se jugará la final. Estas opciones son cualquier cosa menos indiferentes respecto del ruido de fondo de la realidad nacional. Los últimos acontecimientos que ocuparon el centro del radar de la opinión pública antes de que Shakira comenzara a menearse, fueron la interna radical bonaerense y el reagrupamiento del peornismo opositor. La reacción oficial recién se volverá nítida después de la depresión o la euforia botinera.

Escrutinio radical

Los campeones del republicanismo, la democracia y la calidad institucional no pueden informar sobre el resultado de las elecciones internas en el principal distrito del país, que reúne a casi 40 por ciento del padrón nacional. La diferencia a favor de los candidatos apoyados por Ricardo Alfonsín fue suficiente como para que Julio Cobos, Federico Storani y Leopoldo Moreau reconocieran la derrota de los suyos, pero la disputa se trasladó al porcentaje obtenido por cada bandería. Esto no es excepcional en la UCR. Lo mismo ocurrió con la interna que en 2002 enfrentó a Rodolfo Terragno con Leopoldo Moreau para definir la candidatura presidencial en 2003. Ambos intercambiaron acusaciones de fraude. Para su desgracia se impuso Moreau, con lo cual pasó a la historia como el estandarte de la peor elección de su centenario partido, cuando apenas logró el 2 por ciento de los votos. Reconvertido en operador político y de negocios de Julio Cobos y en su nexo con José Luis Manzano y Francisco de Narváez, Moreau tuvo como principal asociado político en esta elección a Federico Storani, el hombre de los tránsitos vertiginosos: de líder de los derechos humanos en el alfonsinismo a ministro del Interior en el gobierno que se abrió con dos asesinatos en el puente de Corrientes en 1999; de abogado de la familia del asesinado Osvaldo Cambiasso en 1983 a defensor del ingreso a la Cámara de Diputados de Luis Patti en 2006. Sólo un país tan generoso permite que tales dirigentes partidarios sigan actuando en posiciones expectantes. Del otro lado, el hijo del ex presidente Raúl Alfonsín actuó con mayor sagacidad de la que sus antagonistas le atribuían y hoy emerge como líder, con insoslayable proyección presidencial, tal como este diario anticipó en febrero (“Ahora, Alfonsín”, 7/2/10). Si Cobos implica para la UCR un acentuado sesgo derechista (relaciones privilegiadas con las corporaciones patronales del agro, la Iglesia Católica, los grandes medios y las Fuerzas Armadas; nexos explícitos con De Narváez y con el ex senador Eduardo Duhalde, que sueña con la resurrección política que no pudieron alcanzar ni Alfonsín ni Carlos Menem), Alfonsín expresa la posibilidad de una renovada alianza de centroizquierda, como insinuó en sus primeros comentarios después de la victoria.

El pasado que condena

Con Raúl Alfonsín en 1983 y Fernando de la Rúa en 1999, el radicalismo demostró que está en condiciones de acceder al gobierno sin necesidad de intervenciones militares ni proscripción de otras fuerzas. Su asignatura pendiente es probar que también puede concluir un mandato constitucional completo y sin una hecatombe. Esto no sucede desde 1928, cuando Marcelo T. de Alvear entregó la presidencia a Hipólito Yrigoyen, en años de prosperidad económica y calma política. Dos años después se produjo el primer golpe cívico-militar del siglo pasado, en condiciones premonitorias de las dificultades que tendrían por delante los presidentes radicales de las siete décadas posteriores. Con la única excepción de Raúl Alfonsín, cuyo liderazgo excepcional disciplinó a la alianza que lo llevó a la Casa Rosada, los demás cayeron víctimas de la división dentro del propio partido y de los conflictos con los aliados más próximos. El antipersonalismo radical, agrupado en torno de Alvear, debilitó a Yrigoyen en su segunda presidencia y el activismo socialista liderado por Alfredo L. Palacios generó la sensación de caos e ingobernabilidad. La prensa oligárquica amplificó ese clima para justificar la intervención castrense, pertrechada de justificaciones dogmáticas por la hegemónica Iglesia Católica Apostólica Romana, cuyas diferencias no eran con Yrigoyen sino con la democracia representativa y el principio de la soberanía popular, que antagonizaba con la concepción eclesiástica sobre el origen divino del poder. Varios elementos de esta configuración se repetirían en los siguientes gobiernos radicales. Arturo Frondizi padeció la oposición enconada de otro sector del mismo partido, conducido por Ricardo Balbín, que propició su derrocamiento en 1962. Ese fue el año de las primeras elecciones posteriores al golpe de 1955 en las que el partido de Juan D. Perón pudo presentar candidatos, con la curiosa condición de que sólo se les permitiría perder. La izquierda socialista, todavía liderada por Palacios, volvió a rodear de calor masivo a la conspiración de la derecha antiperonista que añoraba volver a la Revolución Libertadora de Pedro Aramburu e Isaac Rojas, a la que la UCR prestó varios ministros. En 1963 Arturo Illia llegó a la presidencia con apenas 23 por ciento de los votos, casi el mismo magro porcentaje que Néstor Kirchner cuatro décadas más tarde. Pero lejos de reconstruir la institución presidencial, Illia fue otra víctima de su debilidad, tarea a la que una vez más contribuyó con entusiasmo Balbín, quien desde la conducción partidaria ejerció un liderazgo paralelo, a expensas de la autoridad del austero médico cordobés. Su gobierno padeció también la implantación de un foco guerrillero marxista en Salta, aunque la erosión que apresuró su final provino ante todo del sindicalismo vandorista. De la Rúa debió enfrentar la temprana ruptura de su vicepresidente, Carlos Alvarez, cuya asordinada denuncia de los sobornos para aprobar la ley de precarización laboral encubrió el pánico escénico que lo forzó a alejarse del gobierno. Pero tampoco pudo sobreponerse a la influencia de Alfonsín que, en alianza con Duhalde y con el Episcopado católico, precipitaron su innoble final, con casi tres docenas de muertos en dos días. ¿Cómo manejaría esta invariable radical el hijo de Alfonsín?

La foto y poco más

Inquietos por la revitalización del radicalismo, los dirigentes del peornismo opositor se apuraron a mostrar una foto de unidad y declararon que enfrentarían juntos al oficialismo. Más allá de la impresión que pueda causar la presencia de Duhalde entre los seres vivos, es poco lo que este agrupamiento cambia. Si el santafesino Carlos Reutemann decidiera presentar su candidatura, los demás lo seguirían, con o sin acuerdo. Pero cada cuatro años Reutemann constata que no está en Suiza y elige recuperarse de la impresión en su campo de Llambí Campbell. Desde siempre se sabe que De Narváez no reúne los requisitos constitucionales para ser candidato a presidente y sólo su abogado Gregorio Badeni parece creer lo contrario. Los Rodríguez Saá controlan su provincia pero no tienen proyección nacional y la semana en que gobernaron lo explica. El resto son expresiones residuales con escasa representación en sus propias provincias. Duhalde, Miguel Toma, Eduardo Mondino, Ramón Puerta, Juan Carlos Romero, José Basualdo y Jorge Busti no son competencia para los respectivos gobernadores oficialistas. Las excepciones son Mario Das Neves, que gobierna y controla uno de los distritos más pequeños del país, y Felipe Solá, que puede probar suerte en el más grande, ya que el año pasado fue segundo en la lista triunfadora. El documento que todos ellos firmaron plantea algunas generalidades democráticas que pocos de ellos honraron cuando tuvieron poder en sus distritos y postula el modelo de las tres banderas justicialistas que arriaron durante la década del desmantelamiento del Estado, el remate a precio vil del patrimonio social acumulado por generaciones de argentinos, la desindustrialización, la destrucción de puestos de trabajo y las relaciones carnales. Les queda pendiente además el encuadre de la relación con el jefe de gobierno porteño, en caso de que Maurizio Macrì subsista a la investigación judicial sobre el emprendimiento de espionaje telefónico montado en oficinas de su administración. De ser así, la probabilidad de una alianza no sería baja.
Tanto el peornismo opositor y su aliado de Pro como el cletismo, representan matices de la derecha más o menos democrática, aliada con las corporaciones en su embate contra los dos gobiernos que desde 2003 recompusieron el poder del Estado y comenzaron la reconstrucción del tejido social. En cambio Alfonsín tiene abierta la opción de construir desde el centro hacia la izquierda, en un espectro que él imagina tan amplio como para incluir al socialismo, a Elisa Carrió, Margarita Stolbizer y Pino Solanas. Lo que se irá viendo es de qué manera afectan estas opciones al resto del cuadro político y en especial la construcción del kirchnerismo.

Las reglas del juego

En el primer cruce posterior al escrutinio radical, Cobos optó por la misma explicación que De la Rúa luego de la dura derrota de octubre de 2001, que fue antesala de su renuncia: dijo que él no había perdido porque no era candidato y que deseaba enfrentar al vencedor en elecciones internas. Alfonsín replicó que preferiría que la nominación decantara con otros métodos y más que planificar internas concentrarse en ganar las elecciones nacionales. Dentro del peornismo opositor también hay posiciones diferentes. Las más definidas son las de Solá (ya anunció que será candidato por el partido PAIS, la marca vacante de José Octavio Bordón) y De Narváez, quien dijo que no está dispuesto a competir por fuera del justicialismo. Tampoco hay acuerdo en el método para la selección de la candidatura. Lo que ni radicales ni peornistas opositores toman en cuenta es que la legislación vigente desde el año pasado dispone que nadie pueda ser candidato sin someterse antes a una elección interna en el partido al que decida representar. Duhalde plantea la reforma de esa ley, pero si sus compañeros de foto lo acompañaran, sería inseguro que contasen con los votos legislativos para lograrlo. Y aun así, restaría la posibilidad del veto, un instrumento constitucional al que CFK no ha necesitado recurrir desde que desmejoró su relación de fuerzas en el Congreso, pero del que hará uso en cualquier tema que considere vital para su gestión. La única disyuntiva real para el peornismo opositor es competir dentro o fuera del PJ. El año pasado, cuando la reforma se envió al Congreso, algunos miembros del gobierno plantearon su temor ante una elección interna obligatoria, en momentos en que parecía declinar la consideración pública por Cristina y Néstor Kirchner. La presidente zanjó la discusión con realismo: si la sociedad les diera la espalda, sería lo mismo perder en una interna que en la elección general. Pero en los primeros seis meses de 2010 la runfla de columnistas dedicados a la demolición del gobierno ha pasado del triunfalismo a la desazón, al comprobar que el oso que no cazaron se niega a entregarles la piel que ya vendieron varias veces. Ahora alternan sus denigraciones al kirchnerismo con el desprecio por la blandengue oposición que no estuvo a la altura de lo que esperaban de ella. Este clivaje se acentuará, porque los festejos del Bicentenario, los records de consumo y el distendido clima social han inducido a una mayor cautela a algunos furibundos opositores de ayer, que se preguntan por la sabiduría de sus rupturas.


¿Hacia dónde?


Si el triunfo bonaerense de Alfonsín prenunciara su candidatura presidencial y si su acuerdo de centroizquierda se concretara; si el peornismo opositor consiguiera la unificación de personería y cerrara su trato con Macrì, el gobierno debería decidir con qué coalición enfrentarlos. También es posible que Solanas desdeñe el convite de Alfonsín y levante su propia candidatura presidencial, salvo que decidiera postularse para gobernar la Capital Federal. En tal caso otro candidato posible para ese sector podría ser Víctor De Gennaro, el ex secretario general de la CTA. Esta semana De Gennaro participó por primera vez en mucho tiempo en una movilización de ATE, el gremio de los trabajadores estatales del que fue secretario general. La dura confrontación a pedradas con sectores de la UPCN, que también representa a los trabajadores del Estado pero está enrolada en la CGT, fue parte de la campaña electoral por la conducción de la CTA, donde De Gennaro apoya al también dirigente estatal Pablo Micheli contra la actual conducción de Hugo Yasky y Pedro Wasiejko. La clave puede ser el pronunciamiento de Milagro Sala, cuyo corazón está con De Gennaro aunque no deja de advertir la inviabilidad de sus posiciones maximalistas, de encono contra el gobierno nacional. Esta confrontación tiene puntos de contacto con las opciones que enfrentan Kirchner y Cristina. Yasky es miembro de la conducción nacional del Nuevo Encuentro por la Democracia y la Equidad, el partido creado por Martín Sabbatella, que plantea defender el piso logrado por el pueblo en estos años pero levantar el techo de las limitaciones que dificultan su crecimiento y consolidación. Una alianza con ese sector sería una de las respuestas posibles del kirchnerismo ante los desafíos que podrían plantearle el centroderecha peornista opositor o cobista y/o el centroizquierda neoalfonsinista. La otra sería robustecer el vínculo con la liga de gobernadores, entre quienes se destacan el sojero tucumano José Alperovich y el minero sanjuanino José Gioja, es decir otra alianza de centroderecha. Con todo lo relativo que estas caracterizaciones tienen en la Argentina, sirven como orientaciones generales para imaginar los esquemas posibles cuyos sonidos irán reapareciendo a partir del 11 de julio.

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