domingo, 3 de octubre de 2010

Fallido golpe de estado contra Rafael Correa: Trama de un rescate bajo fuego

 
Ésta es la historia secreta de las once horas en que la vida del presidente Correa y la democracia ecuatoriana corrieron riesgo de muerte. Ayer fue descabezada la cupula policial y el mandatario juro que “ no habrá olvido ni perdón para los culpables”.
Una ráfaga de ametralladora ahogó la voz firme de alguien que gritaba: “Al suelo, todos al suelo”. El estallido de vidrios se confundía con los sollozos de las enfermeras y los pacientes del hospital. Con aquella balacera se iniciaba el momento más dramático de las once horas que se había prolongado el encierro del presidente Rafael Correa en el tercer piso del Hospital de la Policía Nacional.

El presidente cautivo había intentado por todos los medios impedir un baño de sangre, pero con el caer de la noche se dio cuenta de que todas las medidas de disuasión habían fracasado. Antes de las 21.00, media docena de camiones militares ocuparon la avenida Mariana de Jesús. Como si se tratara de una guerra regular, los soldados bajaron disparando para intimidar a la turba policial. La improvisada operación de rescate a sangre y fuego podía ser más peligrosa que el encierro, porque podía ser utilizada para asesinar a Correa en medio de la confusión. Los millones de televidentes que seguían las alternativas del drama en vivo y en directo, contuvieron el aliento.

Eran alrededor de las 20.40 y efectivos que llevaban uniformes del Grupo de Operaciones Especiales (GOE) aprovecharon el momento para abrir paso por la ruta de escape que utilizaría el primer mandatario.

Respirando a ras del suelo, los cautivos aguardaron cerca de diez minutos. De pronto, un grupo de uniformados sacó velozmente al jefe de Estado en una silla de ruedas. Algunos periodistas intentaron seguirlos pero el estallido de una bomba lacrimógena hizo retroceder a todos.

El incesante tableteo de las ametralladoras y los gases obligaron al presidente y su escolta a replegarse a una sala del tercer piso. El pánico se instaló en el lugar, donde reinaba la oscuridad. El fracaso de este primer intento de rescate era parte de una cadena de errores que había colocado al temperamental Rafael Correa en la encerrona en la que ahora se encontraba y que estaba a punto de costarle la vida.

Esa mañana, contingentes de la policía ecuatoriana se habían sublevado, supuestamente en protesta por la Ley Orgánica del Servicio Público, que un día antes había aprobado el Congreso, dominado por el oficialismo. Los uniformados afirmaban que dicha ley elimina bonos y condecoraciones que les benefician.

Antes de las 10 de la mañana, Correa –acompañado por el ministro del Interior, Gustavo Jalkh, y miembros de su escolta– arribó a las instalaciones del Regimiento de Policía Quito 1, para dialogar con los sublevados. Iba rengueando y apoyado en muletas debido a una reciente operación en la rodilla.

El presidente subió al balcón del cuartel y confrontó a los policías amotinados. Les recordó que su gobierno había cuadruplicado los sueldos de la tropa.

Abajo, cientos de policías lo abucheaban. Correa continuó: “¡Si quieren destruir a la patria, destrúyanla, pero este presidente hará lo que tiene que hacer (…) Ni un paso atrás!”.

El presidente bajó del balcón. Cientos de uniformados lo asediaron con gritos de protesta. Pese a que su seguridad estaba desbordada, Correa se envalentonó: “Si quieren matar al presidente, aquí estoy, mátenme si les da la gana, si tienen el valor (…) Si quieren tomar los cuarteles, traiciónenme; este presidente y este gobierno seguirán haciendo lo que tienen que hacer”.

Cuando se encontraba rodeado de policías amotinados una lluvia de gases lacrimógenos inundó el lugar. Al presidente le alcanzaron una máscara antigás. Se la colocó y de rato en rato se la quitaba. Al verse rodeados, los miembros de su cuerpo de seguridad lo arrastraron al hospital de la Policía, contiguo a las instalaciones del regimiento. A las 10.38 y con ayuda de su escolta, el presidente saltó por el muro de tres metros de altura que separa el Regimiento Quito 1 del hospital, y al caer se lastimó la rodilla recién operada.

“No podía respirar y los miembros de mi escolta me cargaron en hombros para ingresar al hospital”, relató más tarde.

El jefe de Estado había ingresado a la Sala de Emergencias a las 10.50 de ese día con el rostro algo ennegrecido por las bombas lacrimógenas. Luego, acostado en una camilla y con un suero en el brazo, fue llevado hasta el piso 3H.

Por la tarde, repentinamente, el canciller Ricardo Patiño y el asambleísta César Rodríguez abandonaron el hospital por el sector de Emergencias. Con chaleco antibalas, cubierto por una guayabera amarilla y ojos inflamados, Patiño no temió caminar 40 metros.

Todos esperaban que pediría a la muchedumbre que se retirara para permitir la salida pacífica del mandatario. Pero emitió un fogoso discurso, arengó a la gente y terminó con la frase: “No nos vamos sin Correa”. El colectivo estalló de cólera. En pocos minutos miles de personas cubrían las cuatro vías de la avenida frente al hospital. Desde el tercer piso, el presidente saludaba a una muchedumbre que no dejaba de corear su nombre. Los policías entraron en pánico y lanzaron una lluvia de gases.

“Maten al presidente.” Correa no tardó en darse cuenta de que todo estaba perfectamente orquestado para acabar con su vida. Su custodia interceptó llamadas en las que pedían que lo asesinaran. Pese a que estaba en grave peligro, nunca cedió ante los sublevados. “Salgo como presidente o salgo como un cadáver”, les gritó a los rebeldes.

El presidente estaba convencido de que los sublevados querían provocar un levantamiento general de la policía y los militares, lo que hubiese llevado al país a un caos social.

Sin embargo, “con el correr de las horas los golpistas se dieron cuenta de que su estratégia estaba fracasando y entonces pusieron en marcha el ‘plan B’, que era matar al presidente”, confió Correa, que dijo haber escuchado en varias ocasiones esas amenazas durante su cautiverio.

En un mommento en que los sublevados, aparentemente, habían accedido a liberarlo, él se resistió al ver que los agresores habían montado una emboscada para asesinarlo en un fuego cruzado.

Los sublevados tomaron el control del perímetro y lo ampliaron a punta de gas en cuatro cuadras a la redonda. No había forma de moverlos. El auto destinado al mandatario seguía en la puerta de la Sala de Emergencias.

“Me tienen prácticamente secuestrado”, declaró a las 13 horas al canal TV Público; más tarde –a las 18 horas– le quitó la palabra “prácticamente” y afirmó que estaba secuestrado.
“Agreden al presidente, intentan asesinarlo, toman aeropuertos, intentan ocupar el canal público de televisión para tratar de sacarlo del aire... esto sólo puede denominarse golpe de Estado”, definió Francisco Torres, un asesor que acompañó a Correa durante los momentos más dramáticos del cautiverio. “Si nos atacaban estábamos dispuestos a morir, y ésa fue también la posición de las fuerzas de elite que resguardaban al presidente”, remató el asesor.
Bajo una lluvia de balas. En el momento en que fracasó el primer intento de rescate, y arreciaba la balacera, el ministro de Relaciones Laborales, Richard Espinosa, estaba parapetado en una sala del hospital junto a tres miembros de la seguridad presidencial.
“¿Quién está aquí?”, preguntó el funcionario y al recibir como respuesta “Periodistas”, volvió a interrogar: “¿Hay alguien armado?”. En efecto, alguien tenía una nueve milímetros. Vía celular, Espinosa confirmó que el presidente todavía estaba en una habitación cercana y salió a reunirse con él.
A las 21.20, los efectivos iniciaron el segundo intento por sacar a Correa del infierno en el que estaba convertido el Hospital de la Policía.
El grupo de asalto estaba formado por unos 550 militares, miembros de la Primera División, de la Brigada de Fuerzas Especiales y del Grupo Especial de Operaciones Ecuador, que son fuerzas de elite para la lucha en la selva pero que ahora estaban improvisando un rescate presidencial sin las armas adecuadas para el combate a corta distancia, sin el apoyo de francotiradores y –lo que es más grave– sin un plan de fuga ni vehículos de apoyo.
“Cuando decidimos salir (del hospital) primero nos refugiamos en la sala de Neonatología, en una oscuridad total. Después salimos hasta un auto blindado, en el que acostamos al presidente y yo entré atrás de milagro por un hueco de la puerta entreabierta”, contó el asesor Francisco Torres. El vehículo que transportaba al presidente, precisó, salió solo del hospital y recién más adelante se le sumó otra camioneta de la seguridad.
Minutos después, la caravana presidencial lograba salir del recinto en medio del combate. El vehículo en que se trasladaba Correa recibió cuatro impactos de bala, y sólo el blindaje especial evitó que Correa resultara herido, porque los cuatro impactos de fusil quedaron en el capot y en el parabrisas, justo del lado donde viajaba Correa. En un tiroteo ocurrido en la avenida Mariana de Jesús, caía abatido el agente del Grupo de Operaciones Especiales Edwin Calderón.
Correa fue recibido entre vítores y cantos patrióticos por militantes de Alianza País, el partido que lo llevó al poder en 2006 y que respalda la “revolución ciudadana”.
“Jamás cedimos, jamás aceptamos negociar nada, bajo presión nada, con el diálogo todo”, afirmó Correa al relatar ante miles de ciudadanos los momentos más críticos de las once horas que duró su secuestro.
Más allá de los grupos de elite, los verdaderos protagonistas del rescate fueron la masiva movilización popular, la celeridad de la solidaridad continental y la valentía personal de Correa, que logró conjurar un golpe sobre el que aún no está dicha la última palabra.
 
Miradas al Sur.

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