domingo, 19 de septiembre de 2010

ORLANDO BARONE: ENORMISIMO TESTIGO

Miradas al Sur

 
Rafael Ianover, el hombre más temido por Magnetto. 
 
Es alto para la media de la estatura argentina. Y debe haberlo sido aún más hace tiempo. Y hasta pudo haber infundido respeto a tantos subalternos de menor rango gerencial cuando sus actividades eran prósperas. Y cuando todavía conservaba sus mejores bienes. Hoy es domingo. Al otro día muy temprano este hombre tiene que hacerse unos análisis en el Hospital Alemán y por eso ha pedido postergar su audiencia en el juzgado. Allí es testigo en la causa de Papel Prensa. Me resulta curioso y simpático que esté preocupado por no perder el turno ya que conseguir otro le demandaría más gestiones y tiempo. Tiene ochenta y cinco años y su tiempo no es el mismo que el de un joven. Se llama Rafael Ianover, y según me dijo, sus padres judíos vinieron de Odessa y Bielorrusia. Orígenes remotos y superados por el destino argentino. Se afana en que nos quede claro que no fue torturado ni golpeado por los represores que hace más de treinta años lo tuvieron encarcelado. Insistió en esta insistencia: “En ningún momento me torturaron ni me hicieron daño”. Lo dice como quien no quiere apropiarse de padecimientos que cree no haber sufrido como otros. Lidia Papaleo, por ejemplo. “A mí me detienen y me meten en prisión con los ojos vendados y las manos esposadas. Y sin poder hablar con nadie.” Sólo eso. Cuesta entender que eso, y presionarlo para despojarlo de acciones de la empresa de la que se adueñarían Clarín, La Nación y La Razón -y que él guardaba en nombre de David Graiver- no le permitieran asumir haber sido vejado, humillado y saqueado. “David tenía en aquel tiempo treinta y cinco años y era de una inteligencia notable”, dice sin énfasis. Y como si se refiriera a un colega o amigo cualquiera en lugar de estar distinguiendo a un protagonista inquietante de aquella época. Un banquero involucrado en inversiones que supuestamente lo ligaban a los fondos de Montoneros, y que murió en un avión privado que se estrelló en algún lugar de México. Como al pasar dice que fue un error haber aceptado el papel de testaferro que lo arrastró a ese destino. No siente inquietud por estar ante el juez porque dice que lo que va a decir es lo mismo que está diciendo ahora. “No me torturaron. Pero con las acciones hicieron lo que hicieron.”

Como ven estoy tratando de retratar a un hombre sin conocerlo; sin haber sabido de él hasta ahora. Su identidad, ya irremediablemente notoria, surgió de un informe siniestro que paradójica e inesperadamente salió a la luz desde el fondo de una historia excluida de la historia.
Algunos sagaces se preguntan por qué ahora y nadie se pregunta por qué no ahora.
Continúo: el hombre está sentado a la mesa de un programa de televisión. Entre los varios participantes e invitados le toca el asiento cercano al mío. Es cordial y conversador; y aunque viene a contar un thriller en el que su pasado lo involucra y lo victimiza, luce un semblante satisfecho y feliz. No sé por qué me da la impresión de estar ante un abuelo al que probablemente la vida ha protegido y en su balance abundaran las dichas convencionales más que el infortunio. Tampoco sé por qué en lugar de estar exponiéndose no ha elegido estar nada más que ante el juez y luego descansar en una plaza paseando a su mascota. La complejidad psicológica de esa respuesta me excede. Esta impresión de serenidad y laxitud que él trasmite, la confirmé después con las personas que estaban allí o que lo vieron durante el desarrollo del programa. Ya lo dije: retrataré a este hombre sin conocerlo, en lo que se entiende como conocimiento.
Después de todo, el impresionismo es el arte que consiste en captar la experiencia visual y sensorial de un momento; la luz antes que los detalles que ilumina. Un cuadro impresionista puede lograrse en un tiempo de realización relativamente breve. El tiempo interior es otra cosa. Este texto apenas si ocupará unas contadas líneas. Si se me cruzara la sospecha de que alguna de estas palabras pudieran molestar a este hombre, las borraría. Este retrato es mi impresión cautivada por Rafael Ianover. Un testigo distinto: que relata su dramatismo sin adjetivos. Como si lo relatara un tercero ajeno a los sufrimientos.
Cuesta retroceder al relato negro. Al Thriller. Retrocedo: al sacarlo de su confortable casa aquella primera vez los hombres sin uniforme encargados de la misión dejaron allí a su hijo adolescente para que avisara a la familia que se habían llevado al padre sin saber adónde. Ahora, este domingo 4 de septiembre de 2010, Ianover está sentado de modo que en los cortes y pausas del programa 6,7,8 alargamos el diálogo más coloquialmente.
Su hijo Alejandro, que es actor, está presente en el estudio y cada tanto se nos acerca.
Testaferro
es una palabra dura como suena; y en italiano es cabeza de hierro. Por si me quedaran dudas, este hombre al que no conozco me dice que como sinónimo se puede usar presta nombre. El es contador y en su plenitud actuó en puestos de jerarquía y en negocios de cereales. Hoy no es más que un lúcido y longevo sobreviviente de penurias. Sabe más que nosotros que a la significación de la palabra testaferro el uso y el abuso la volvieron innoble. No parece esforzarse en discutir el prejuicio. Sí, fui el testaferro de David Graiver: parece decir sin decirlo, sin arrogancia ni cuidado. Mañana -piensa- debe estar en ayunas en el Hospital Alemán. Su mujer está muy enferma y eso la exime de remover esta historia. Aquella vez lo aislaron de los demás familiares y accionistas y le dijeron que aceptara rápidamente traspasar las acciones a los tres grandes editores. Por el salón vio pasar a Bartolomé Mitre, el descendiente, claro, no el original. Le prometieron que si firmaba no corría riesgos su vida ni la de su familia. Cumplieron. Aunque después de haber sido saqueado finamente en un salón fino del diario La Nación por finos abogados y empresarios finos, fue apresado. Pasó en prisión parte de 1977. Se resigna a reconocer que el miedo lo dominaba. ¿Cómo sería para un burgués acomodado ajeno a las peripecias del militante, sentirse bajo el poder de la dictadura? Encarcelado coincidentemente con Jacobo Timerman en el departamento de Policía, un día vieron a otro detenido asomado con desasosiego a una de las celdas. “Nos acercamos y le dimos alguna fruta para comer”, cuenta Ianover. Era un gendarme de Misiones que había matado a alguien de varios balazos. Se lamentaba de que su condena iba a ser larga. Por compartir la desgracia también nosotros le dijimos el motivo por el cual estábamos presos, y entonces el gendarme nos miró con compasión y nos dijo: “Ustedes sí que están bien jodidos”. Mi sonrisa se replica en la suya. Le atrae esta anécdota. La disfruta como si así expulsara las otras que no cuenta. La que otros saben: que lo tenían amarrado en un rincón donde estaba la letrina y lo hacían encogerse y desplazarse para que los presos tuvieran lugar para evacuar y orinar al lado suyo. No lo dijo, pero a lo mejor lo salpicaban.

No obstante para Ianover lo importante es aclarar que no lo torturaron. “Nada, ni un golpe sabe?” Perdió todo. Lo que era de él y lo que era de Graiver. Aunque en su balance de contador debe poner en el haber no haber perdido la vida. Pero basta eso que perdió para que se revele el crimen de un negociado. Pensar que con tan poco Ianover puede provocar la condena de un verdugo abstracto.

Este es el retrato impresionista de un hombre que ha terminado por creer que lo de él no fue la crucificción. Sólo le aplicaron unos clavos.

*1973. Retrato de familia. Fiesta de Bar Mitzvá de Alejandro Ianover (parado a la derecha), hijo de Rafael. Entonces cursaba el primer año del Nacional Buenos Aires. Al lado, su madre, Hilda Noemí Copelman de Ianover, por entonces escribana del Banco Comercial del Plata, del grupo Graiver. Abajo, la segunda a la izquierda es Lidia Brodsky de Graiver, prima segunda de Hilda, esposa de Isidoro Graiver. Lidia fue secuestrada en abril de 1977, al igual que su esposo y pasó cinco años en prisión. Los tres hijos de Isidoro y Lidia, durante esos años, quedaron al cuidado de Ana Sigal de Brodsky (abajo, sentada, a anteúltima a la derecha), esposa de Enrique Brodsky (se ve su cabeza abajo a la izquierda), cerealista al igual que Rafael Ianover, que fue secuestrado en abril de 1977 y que también pasó años en prisión. Además de un retrato de familia, es una foto social de la Argentina de esos años.

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