domingo, 2 de enero de 2011

ESTER EL KADRI: “En cada uno de los jóvenes que milita veo un poco de mi hijo”

Nació en Córdoba el 8 de julio de 1923. Su hijo, Envar el Kadri, fue uno de los fundadores del Movimiento Juventud Peronista y de las Fuerzas Armadas Peronistas. Tras la muerte de Envar en 1998 de un ataque al corazón, Ester continúa trabajando por recordar, prolongar y reivindicar su lucha. Un retrato desde los días de la resistencia a los de Cámpora, y de la dictadura a la democracia.
Ester el Kadri tiene 87 años y una infinidad de momentos dolorosos a cuestas. Al igual que su hijo Envar, siente la necesidad de dar testimonio, de contar su historia, la de los años peronistas, la de la dictadura y el exilio, la del florecimiento de la democracia. Cuando ve a la nueva generación de jóvenes en la calle o vuelve a escuchar la palabra militancia, dice sentir que el legado de su hijo aún está presente y que él definitivamente ganó la lucha por la memoria, por querer cambiar el mundo.

Envar Cacho el Kadri nació en Río Cuarto un 1° de mayo de 1941 con el sonido de los actos políticos de fondo. Eran las bombas de estruendo del Partido Socialista las que se hacían oír mientras él venía al mundo. Hijo de Khaled el Kadri, un inmigrante libanés que en 1945 fue nombrado comisionado municipal de La Laguna, un pueblito de Córdoba, Envar se crió en un hogar peronista.

“Recuerdo que cuando tenía tres o cuatro años, antes de venirnos a Buenos Aires, mi hijo iba a la plaza del pueblo y hablaba como si fuese Perón, lo imitaba. Es que nosotros fuimos peronistas desde que tengo noción.”

–¿Cuándo comenzó a militar?

–Al empezar a estudiar en el Nacional Urquiza, en Flores, después de que lo echaron del Liceo Militar General San Martín. A los 14 años estaba en el Liceo y sufrió mucho cuando quemaron La Razón de mi vida porque además se le reían en la cara.

–¿Cómo fueron para su hijo los primeros años de la Resistencia?

–Recuerdo que se juntaban en la esquina de Corrientes y Esmeralda con Jorge Rulli, Gustavo Rearte, Carlitos y Susana Caride, Héctor Spina, y tantos otros. Hacían pintadas, tiraban globos gigantes con la imagen de Perón, sacaban el periódico Trinchera

–¿Cuándo fue detenido por primera vez?

–Con el plan Conintes, bajo el gobierno de Frondizi. Primero balearon a Gustavo Rearte y después lo metieron preso. Posteriormente secuestraron a Felipe Vallese y al poco tiempo lo vinieron a buscar a Envar y lo mandaron a Caseros.

–¿Cómo eran las visitas a la cárcel?

–Para mí era muy duro. Nosotros íbamos siempre porque era nuestra manera de demostrarle nuestro apoyo. Esa primera vez lo sentenciaron a cinco años y lo mandaron a Neuquén. Estando allá para su cumpleaños, uno de los últimos días que fui a visitarlo, el nene ya no estaba. Volví a Buenos Aires y supe por otras personas del partido que estaba en Santa Rosa, La Pampa. En ese ínterin, a Omarcito, mi hijo más chico que tenía 11 años, se le detectó un problema en el riñón y repentinamente murió el 25 de mayo. Ahí sentí por primera vez el dolor de llevar a un hijo al cementerio. ¡Cuántas cosas en tan poco tiempo! La Comisión de Familiares Detenidos que yo integraba, el papa de Spina y de Rulli, hablaron con Matera y logramos que dejaran venir a Envar al velatorio. Son cosas que he pasado y no es fácil. Cuesta seguir adelante pero hay que luchar. Hace dos semanas estuve en la despedida de año de la Oesterheld donde desde hace 14 años se lo recuerda cada lunes. Estuve con mi amiga Elisa, su señora, en el Torcuato Tasso, donde había unas 500 personas. Yo me reía, disfrutaba y me di cuenta que eso les sorprendió: “¿Ustedes no sabían que yo era divertida también?”, les pregunté. A veces uno ha sufrido tanto que se olvida de sentirse bien.

–¿Luego del velatorio del hermano, Envar volvió a La Pampa?

–Sí, pero finalmente sale al poquito tiempo, en el ’63, con la Ley de Amnistía de Arturo Illia. Para nosotros fue como un premio porque se fue un hijo pero volvió otro. Una vez en libertad, Envar continuó con la carrera de Derecho y funda con Carlitos Caride el Movimiento Juventud Peronista (MJP).

–Ese mismo año viajó a Madrid y se reunió con Perón. ¿Qué cosas contaba de ese encuentro?

–Al finalizar la reunión, Perón le dijo: “Bueno, ahora hagamos la foto”, a lo que mi hijo respondió: “No, General. Yo no vengo a sacarme la foto para la posteridad sino a que me dé instrucciones para la resistencia”. ¡Envar estaba enojado porque el General no le decía nada! Ellos iban con la precisa. Habían hecho mucho sacrificio para ir, no era fácil, nosotros le habíamos sacado el pasaje pagándolo por mes porque él tampoco quería que se lo pagase cualquiera y que después lo quisieran manejar.

Taco Ralo. Tras el fracaso del Operativo Retorno de 1964, integrantes del MJP fundaron las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP) a fines de 1967 y un año después intentaron instalar un foco guerrillero en Taco Ralo, Tucumán.

–Yo creía que estaba en Cuba. Mi marido me contó varios años después que él sí sabía que estaba en Taco Ralo. Los descubren el 19 de septiembre del ’68 e inmediatamente nos tomamos un avión, gracias a que mis hijas Sara y Susana nos dieron sus sueldos para costear el viaje. Nos tuvieron como tres o cuatro horas y nos decían que ya lo íbamos a ver. Al final sólo nos dejaron verlo desde una ventanita. Estaba sentado en el suelo. Yo lo vi destruido, levantó la mano y nada más. Luego volvimos al hotel y Dios me libre, todo dado vuelta. ¡Esa era la intención de la espera! Nos habían revisado hasta el último pañuelo.

–¿Considera a Taco Ralo como una de las primeras acciones de la resistencia armada?

–Si bien anteriormente hubo otros guerrilleros en el monte, como Jorge Masetti, Federico Méndez o Héctor Jouvet, sinceramente yo no sé por qué no empiezan la historia desde Taco Ralo.

–¿Cómo vivió los constantes traslados por las distintas cárceles?

–Era muy triste. Sé que apenas entraban a un lugar nuevo les daban con todo. Mi hijo nunca nos contó nada pero sé por David Ramos que una vez que lo torturaron a Cacho quedó casi muerto en la parrilla. David estaba en la habitación de al lado y escuchó cuando decían que al siguiente no lo iban a torturar tanto por lo que les había pasado con Envar. Gracias a Dios lograron revivirlo.

–¿Cuándo consiguió nuevamente la libertad?

–En mayo del ’73, con la Ley de Amnistía cuando asume Cámpora. ¡No sabés la belleza que fue la Unidad 9 de La Plata! Desde la puerta hasta la vereda lo llevaron en andas, todos cantando, gritando. Fue algo impresionante.

–¿Cómo surgieron las diferencias con Montoneros?

–Una vez en libertad, Envar tuvo reuniones con los distintos grupos. Ahí se dividieron las aguas porque algunos optaron por seguir luchando y él no estuvo de acuerdo. Él era de la idea de que al tener un gobierno constitucional y popular no se debía combatir, pero ellos quisieron continuar la lucha armada. David Ramos lo reemplazó en la representación de las FAP y él creó las FAP 17 de Octubre. Se puso a disposición del gobierno electo y trabajó como asesor del decano de la Facultad de Derecho de la UBA durante unos meses.

El exilio. Luego de la muerte de Perón y de las constantes persecuciones de la Triple A contra él y sus compañeros, Envar decidió exiliarse en 1975. Ante esa circunstancia descubrió un nuevo motivo de lucha: los derechos humanos y la cultura. Acompañó las primeras acciones de las Madres de Plaza de Mayo y fue miembro fundador de la Asociación Internacional para la Defensa de los Artistas, víctimas de la represión del mundo (Aida). Además publicó el libro Argentina: cómo matar a la cultura, con testimonios sobre la represión cultural y realizó una autocrítica muy profunda en Diálogos en el exilio, obra que reúne sus conversaciones con Jorge Rulli.

Ester atravesó una infinidad de momentos difíciles junto a su hijo y recordar ciertas etapas de su vida la lleva a dejos de tristeza. Uno de los recuerdos es el asesinato en manos de la Triple A de Julio Troxler, amigo y compañero de Envar, en 1974. A esta nueva pérdida se le sumó la versión de que en la Presidencia había una lista donde figuraba que su hijo sería el siguiente. Poco después las largas horas de viaje para las visitas en la cárcel a las que Ester estaba acostumbrada, debieron reemplazarse por espaciados llamados desde el exilio parisino.

–Se fue clandestinamente. Primero a Uruguay, luego a Brasil y de allí al Líbano donde se quedó menos de un año porque empezó la invasión de Israel. Después fue a Madrid donde lo detuvieron pero sin darlo por preso. Tanto hicieron sus amigos que finalmente lo largaron en la frontera con Francia. Ahí Norman Briski le dio lugar para vivir. La vez pasada me lo encontré y le agradecí tanto. “Pero el agradecido era yo, si me traía comida”, me dijo riéndose. Resulta que Envar había empezado a trabajar limpiando un restaurant, la dueña lo quería tanto –él se hacía querer con todo el mundo- y les daba de todo.

–Al pedir asilo político y quedarse en París, ¿continuó su militancia?

–Desde allá luchó fuertemente por los derechos humanos. Participó en el Comité Contra la Organización del Mundial de Futbol en la Argentina (Coba), fue organizador de la famosa Marcha por los Cien Artistas Argentinos Desaparecidos de 1979, y participó en infinidad de actos por la aparición con vida de los detenidos-desaparecidos. En 1984 publicó Diálogos en el exilio que fue una autocrítica muy importante. Envar se dio cuenta que habían sido derrotados como peronistas, como generación. Consideraba que tenían que recomponerse para tratar de volver al país algún día y poder contar su historia.

El retorno. Cacho regresó el 24 de marzo de 1984. Con la idea de dar testimonio para que las generaciones futuras no tropezaran dos veces con la misma piedra, hizo un gran aporte al libro La Voluntad, de Eduardo Anguita y Martín Caparrós.

–Recuerdo que yo me levantaba y él estaba en la computadora todo el día, escribiendo y escribiendo. Otras veces iba a lo de Caparrós. Tenía tanto para contar, tanto dolor… Y tanta voluntad. Siento que se murió muy joven –tenía 57 años– porque tenía muchas ganas de plasmar su historia en un libro. Ese era su deseo. Pero por suerte hay muchísimo de él y de sus compañeros registrado en esos maravillosos tomos de La Voluntad.

–¿Qué otras actividades llevó a cabo al regresar?

–Creó Música Esperanza con Miguel Ángel Estrella porque consideraba que había que llevar la cultura a los sectores más pobres, fue protagonista de Che… Ernesto, una película que cuenta el recorrido del Che por Latinoamérica. Además fue productor de las películas El exilio de Gardel, Sur y El viaje, dirigidas por Pino Solanas, quien le quedó debiendo un montón de dinero. Le dijo que le iba a pagar cierta plata y no lo hizo. Fueron a juicio pero mi hijo lo perdió porque no tenía ningún papel para comprobarlo. Fijate qué actitud. Esto es para que sepan quién es Pino Solanas. Después quiso acercarse pero yo no pude. Siento que actuó así porque no es peronista de corazón y si no lo sos, en cualquier momento te vuelve a nacer lo que fuiste.

–¿Con la vuelta a la democracia participó en algún espacio político?

–Formó un espacio que se llamaba Peronistas al Frente (PAF), que se diluyó en 1992 y entonces se integró al Frente Grande. Luego lógicamente prefirió adherirse al Frepaso, pero no votó a De la Rúa. ¡“Que me perdone el Chacho pero no lo puedo votar”, me decía! No lo veía capacitado para nada.

–Y en esos años se recibió de abogado…

–Sí, en el ’96. Era muy buen alumno y se enojaba porque no le ponían el 10, me decía: “Pero mirá si serán gorilas… Porque saben que soy grande y peronista, me ponen nueve u ocho. Mamá yo estaba para el 10 hoy”. Como ya tenía la discográfica Milán Sur, iba a la Facultad de Derecho y después se iba a la oficina. Tremendo sacrificio. Él ya tenía una mitad hecha y la otra la hizo en seis meses. Ellos leían mucho en la cárcel. Ahí incorporó casi todo. Nunca perdieron el tiempo en nada, aprendieron muchísimo. Eran chicos inteligentes, habían dado el alma y el corazón aún sabiendo que podían perder la vida.

–¿Tuvo secuelas físicas de las torturas?

–Definitivamente la suya fue el corazón. Ya había tenido un infarto y le habían hecho un cateterismo pero el último fue masivo. Recuerdo que ese 19 de julio era un día tan hermoso. Él estaba en Tilcara con Miguel Ángel Estrella porque era el Festival de la Canción. Mi marido falleció tres años después de la muerte de Envar. Cuando se enteró, se fue derecho al balcón y se quiso tirar. Tuve que hacer tal fuerza para que no se me caiga. No lo podíamos creer, tan repentino. Es que eso no te pide permiso, ya lo tenemos bien a prueba. Por eso yo sufrí tanto cuando le pasó lo mismo a Néstor Kirchner. Nunca voy a olvidar que estuvo todo el día en el velatorio de mi hijo y sólo decía: “Él fue mi maestro”. Desde ese día comprendí lo importante de la memoria y estoy empeñada en eso.

–¿Cuál considera que es el legado que dejó a los jóvenes?

–Que hay que luchar por los demás, por un país más equitativo. De a poco se están reincorporando a la política. Yo estoy muy contenta de ver tantos jóvenes que están militando nuevamente, cantando, felices, convencidos… En cada uno de ellos veo un poco de mi hijo.

“SI CACHO VIVIERA, SERÍA KIRCHNERISTA”

–¿Cuál cree que sería hoy la militancia de Envar?

–Sin lugar a dudas apoyaría plenamente a los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner. No hay otra alternativa. ¿Vos ves algún candidato potable de la oposición? En cambio, en el kircherismo tenemos políticos de la talla de Aníbal Fernández que es tan buena persona, generoso y amable. Cuando hablo con él siento que me entiende, cosa que no sucede con otros que te quieren hacer entender lo que ellos quieren.

–¿Por qué cree que estaría de acuerdo con el kirchnerismo?

–Porque vería lo mismo que veo yo: la Asignación Universal por Hijo, las más de mil escuelas, la reivindicación de los derechos humanos, el crecimiento de la economía… Es un proceso largo lógicamente, pero los resultados están a la vista.

 Miradas al Sur

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