domingo, 28 de noviembre de 2010

VUELTA DE OBLIGADO: La historia oficial encadenada.



La Argentina cambió de paradigma y va consiguiendo márgenes de soberanía que son motivo de orgullo del pueblo y también de consolidación de vínculos con otras naciones.
  Luis Alberto Romero, hijo del historiador oficial José Luis Romero, descargó unos buenos castañazos contra la formidable decisión de recordar Vuelta de Obligado como una gesta. Romero hijo publicó en Perfil un artículo titulado “Epopeya, soberbia y paranoia”, destinado a refutar la brillante idea de afirmar la soberanía. Lo interesante es que Romero hijo no ahonda en el debate historiográfico o de interpretación de los datos de la época, sino que dispara sus cañones contra cualquier intento de revisar las verdades de la ideología mitrista. Dice Romero: “En el año del Bicentenario, el actual Gobierno, las empresas editoriales y muchos medios se unen para dar nuevo brillo a este viejo mito del revisionismo argentino, que en la década del ’70 estuvo unido a la militancia juvenil, el ‘antizurdismo’ y la violencia. Todo esto reaparece hoy, aunque ‘la zurda’ es remplazada por los más pacíficos demócratas republicanos.” Tan confuso es el párrafo que uno no sabe, honestamente, quién es la zurda y mucho menos el antizurdismo.
En verdad, Romero ocupa un lugar marginal en el debate de historia, pero no deja de destilar veneno cada vez que se publica algún texto de la historia que provenga del pensamiento nacional.
Así como otras veces lo hace con Felipe Pigna –por quien debe sentir una envidia completa dada la acogida que tienen sus libros entre los estudiantes–, en esta oportunidad Romero pretende desacreditar a Pacho O’Donnell, a quien Norma acaba de publicarle un trabajo imprescindible como La gran epopeya y que fue un estímulo a la magnífica celebración que encabezó la presidenta Cristina Kirchner el sábado en las riberas del Paraná, en el lugar exacto donde el general Lucio N. Mansilla y su concuñado, Juan Manuel de Rosas habían decidido presentarle batalla a la flota anglofrancesa y obstruir el camino a las decenas de naves que llegaban desde Europa para disponer la diplomacia de los cañones e imponer el mal llamado libre comercio. Curiosamente, Romero se refiere a Rosas como gobernador de Buenos Aires y deja de lado que presidía la Confederación Argentina. Una serie de pactos interprovinciales daban a Rosas no sólo facultades para el manejo del puerto de Buenos Aires sino también las relaciones internacionales. Una de ellas era la defensa de la integridad ante la agresión externa.
Es muy justo el nombre que dio O’Donnell a su libro, porque la idea de la Vuelta de Obligado como un acontecimiento epopéyico lo pone en el lugar de cómo recordamos los hechos fundacionales. “Epopeya” –según definición del Diccionario María Moliner– remite a la poética de los relatos de la Grecia antigua donde “interviene lo sobrenatural o maravilloso o sus hechos rebasan la medida ordinaria de las virtudes humanas”. Es decir, O’Donnell no pretende una épica militarista de esa batalla, por el contrario arranca el libro dando datos necesarios para entender la Europa post Bonaparte, incluyendo la relación entre los buques a vapor y las normas del comercio fluvial que, curiosamente, dejaban fuera de navegabilidad al Támesis y al Sena. Es decir, Inglaterra y Francia se eximían de las reglas que imponían a otros. En el contexto de un mundo con hegemonía colonial tiene sentido revalorizar la idea de soberanía no como un hecho geográfico sino como el gran acontecimiento cultural. En aquellos años, la idea de la construcción de una Nación tenía un correlato en las luchas civiles. Así se entiende que la escuadra que venía al Paraná tenía un plan político: separar la Mesopotamia de la Confederación. Además de ello, quería separar definitivamente la Banda Oriental, que en ese entonces estaba gobernada por Fructuoso Rivera, aliado clave de los unitarios porteños, mientras que el oriental Manuel Oribe quería retomar el poder y tenía cercada a Buenos Aires con apoyo franco de los federales.
Romero, en su artículo, no refuta a O’Donnell, pero se alarma por la mirada que orienta la defensa de lo nacional: “Eso es lo que está ocurriendo con esta celebración de la Vuelta de Obligado, el combate librado el 20 de noviembre de 1845 por las fuerzas de Rosas contra la escuadra inglesa que quería navegar por el Paraná hacia Corrientes. A la larga, la Confederación Argentina derrotó a la ‘diplomacia de las cañoneras’ británica y la obligó a negociar. Pero en el campo de batalla, Goliat venció a David: la flota británica cortó las cadenas que cerraban el río y navegó hasta Corrientes, donde fue recibida con cordialidad por la sociedad local. Es cierto que fue una derrota honrosa, y que una guerrilla de retaguardia infligió daños a la escuadra británica, algo que contribuyó, entre otros factores, a que Gran Bretaña abriera negociaciones con Rosas.”
Es decir, la historia oficial, que ninguneó esta epopeya, a la que Romero define –sin vergüenza alguna– como “derrota honrosa”, ahora pretende darle como premio consuelo que la gesta de Mansilla sirvió para “abrir negociaciones” que, dicho sea de paso, terminaron con la capitulación de ambas potencias.
PASADO Y PRESENTE. Lo que importa es qué rescatamos de los hechos pasados. Y lo que señala Romero es precisamente una buena medida para pensar en la Unasur, en el Club de París o en el desendeudamiento del FMI, por ejemplo, que son algunas de las marcas de identidad fundamentales de la etapa abierta desde el 25 de mayo de 2003. La Argentina cambió de paradigma y va consiguiendo márgenes de soberanía que son motivo de orgullo del pueblo y también de consolidación de vínculos con otras naciones. Algo que Romero no puede entender es la madurez de la conducción de esta etapa –Néstor y Cristina Kirchner– que tuvo una lectura de la relación de fuerzas para avanzar con realismo y, a la vez, con audacia y dignidad. Por algo la presidenta recordó el sábado que el colonialismo cultural es más grave que el de los cañones. Porque en estos años se registra una maduración extendida. Por todo lo que se sembró y se siembra en materia de pensamiento nacional y también por el trabajo de desmalezar. Sí, de ir poniendo negro sobre blanco cuál fue y es el rol de los académicos de la historiografía oficial.


Ayer, Pacho O’Donnell fue consultado por Víctor Hugo Morales en su programa de radio sobre quién es Romero. El gran periodista uruguayo tuvo la delicadeza, además, de pasar en la voz de Alfredo Zitarrosa “Aijuna por el repecho”. Y de leer párrafos de una carta de San Martín a Tomás Guido donde elogió la Vuelta de Obligado, recordando que era “del partido americano”.
Pacho mencionó en el programa no sólo los espacios de poder que Romero hijo tiene para la asignación de becas o recursos para investigación, sino que heredó el supuesto prestigio de su padre, José Luis Romero, que fue puesto al frente de la intervención de la Universidad de Buenos Aires por el golpe de Estado que derrocó a Juan Domingo Perón. Romero padre fue un gorila importante, que desparramó la ira contra las ideas nacionales y desalojó de las cátedras a quienes las defendían.
Los Romero cumplen con la santificación de la historia mitrista. Tal como lo hizo también Ricardo Levene, tantas veces presidente de la mitrista Academia Nacional de la Historia. El gran problema es que el fundador de esa nada aséptica academia fue una pieza clave del genocidio del pueblo paraguayo y no sólo un escritor prolífico o fundador de un diario todavía vigente. El año próximo Paraguay conmemorará su Bicentenario. Seguramente una buena oportunidad para que Uruguay, Brasil y la Argentina –ahora con presidentes populares y defensores de la soberanía– promuevan el conocimiento y el debate de lo que fue llamada Guerra de la Triple Alianza, y que exterminó a una comunidad entera. Paraguay tenía, en 1864, antes de la invasión promovida por la corona británica, alrededor de un millón y medio de habitantes. Seis años después quedaba sólo un tercio de esa población. De esos sobrevivientes, sólo uno de cada diez eran hombres adultos.
Estas historias, tan ocultadas como escalofriantes, tuvieron correlatos en los años setenta de los cuales Romero habla difusamente con la idea de “la zurda”. Las historias silenciadas de los crímenes y los campos de concentración no son motivo de interés histórico para académicos como Romero. En su artículo habla de la soberbia y la paranoia. Esta última debe ser atribuida, quizá, a la idea de que los poderosos no abandonan sus intereses. Así como los pueblos viven la soberanía como la recuperación de lo propio, los poderosos creen que eso fue un despojo, que les quitaron algo que les pertenecía. Por eso, el pensamiento nacional le da importancia al genocidio paraguayo y también al de la dictadura cívico militar de 1976-1984. Porque es una manera de advertir que con una sociedad unida, que conoce y debate sus raíces y sus intereses, no es más fácil conjurar nuevos crímenes y atropellos. Por todo ello, que viva la memoria y que vivan los historiadores que nos ayudan a conocer nuestras raíces.

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