miércoles, 26 de mayo de 2010

BICENTENARIO: CANCION CON TODOS




Pagina 12
Por Nora Veiras

“Queríamos un Bicentenario diferente. Un Bicentenario popular con el pueblo en las calles. Hace apenas veintisiete años que tenemos una democracia continuada. Agradezco el patriotismo, la alegría con que millones han salido a las calles a festejar, a reír, a compartir”, dijo la presidenta Cristina Fernández de Kirchner al inaugurar la Galería de los Patriotas Latinoamericanos acompañada por sus pares de Uruguay, Brasil, Paraguay, Bolivia, Chile, Venezuela y Ecuador. Los retratos de Ernesto “Che” Guevara, Juan Domingo Perón, Evita, Salvador Allende, Hipólito Yrigoyen y José Martí, entronizados en la Casa Rosada, reflejaban que otra historia se está escribiendo. En las calles, millones –literalmente– participaban en una procesión pagana para conmemorar los doscientos años de la Revolución de Mayo. Lejos habían quedado en el recuerdo de un día inolvidable los dos Tedéum cuando entrada la noche los presidentes disfrutaban del magnífico “Desfile de los 200 años” antes de asistir a la cena en la Rosada.


Flanqueada por un óleo de Perón, con sus brazos en alto, la imagen del día que dijo: “Me llevo en mis oídos la más maravillosa música que es la voz del pueblo argentino” y la foto de Allende en su recorrida de asunción, la Presidenta recordó que ayer se cumplieron también siete años de la asunción del kirchnerismo. Destacó que “nuestros pueblos están mejor que hace cien años. El Centenario se festejó bajo estado de sitio, no existían los derechos sociales, era delito la actividad sindical, no se podía elegir libremente a nuestros gobernantes”. En un mensaje a la oposición, remarcó que “pudimos cumplir estos doscientos años con la más absoluta democracia de la que se tenga memoria” y advirtió: “seguramente nos equivocaremos, cometeremos errores, también tendremos aciertos, pero todos saben, aun los que no están de acuerdo con nosotros, que no tomaríamos ninguna decisión en contra de los intereses del pueblo”.


De a poquito

La Casa Rosada estaba de fiesta. Todos los detalles habían sido cuidados hasta la perfección. La prensa sólo podía observar desde un balcón del primer piso cómo se iba llenando la Galería de los Patriotas. En la sala principal, ciento cincuenta y seis invitados compartirían la cercanía con los presidentes Evo Morales (Bolivia), Hugo Chávez (Venezuela), José “Pepe” Mujica (Uruguay), Rafael Correa (Ecuador), Fernando Lugo (Paraguay) Sebastián Piñera (Chile), Lula da Silva (Brasil), y con los ex presidentes Martín Torrijos (Panamá) y Manuel “Mel” Zelaya, destituido por un golpe cívico-militar el 28 de junio del año pasado.

El diputado socialista Jorge Rivas, en silla de ruedas desde que en un asalto violento lo golpearon en la cabeza, fue uno de los primeros en llegar. Martín Sabbatella, ex intendente de Morón y también diputado, estuvo también entre los tempraneros. El filósofo Ricardo Forster y el gobernador de Mendoza Celso Jaque integraron la avanzada. Los ministros del Ejecutivo llegaron casi todos en hilera. Los diputados radicales Juan Carlos Marino y Ricardo Alfonsín fueron ubicados en la primera fila junto al presidente de la Corte Suprema de Justicia, Ricardo Lorenzetti, quien se apresuró a mirar el cartelito para ver a quién le sentarían del otro lado: le tocó el presidente de la Cámara de Diputados, Eduardo Fellner.


Mientras la Presidenta y el canciller Jorge Taiana se apostaban al final de la alfombra roja para recibir a los mandatarios extranjeros, los corrillos dejaban entrever afinidades e indiferencias. Los ministros Aníbal Fernández, Carlos Tomada, Amado Boudou y Julio Alak departían en un minigabinete. Mientras la ministra Nilda Garré se abría paso para ir a saludar a Rivas. Los gobernadores de Buenos Aires, Daniel Scioli y de Santa Fe, Hermes Binner, sentados codo a codo no encontraron tema de conversación. Sólo la irrupción para saludarlos de la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, Estela de Carlotto, les permitió intercambiar algunas palabras.


El diputado Dante Gullo entró al grito de “¡Alfonsín/Alfonsín!” para saludar a su colega, ocurrencia que no pareció causarle mucha gracia al destinatario. Hebe de Bonafini llegó acompañada por un grupo de Madres una vez que estaban casi todos ubicados. Habían quedado en un segundo salón

junto a Madres-línea Fundadora que también pasaron a la galería principal. Un sacerdote solitario se sentó detrás de los gobernadores. Sólo se acercó a saludarlo la diputada María Laura Leguizamón que pasó luego a otro salón. El embajador en Chile, Ginés González García provocó los gritos del cronista de CQC que intentaba, infructuso, de hacer oír sus ocurrencias desde las alturas. Zelaya y el secretario general de la OEA, Miguel Inzulza, también escucharon los alaridos y levantaron la cabeza: el camarógrafo, por lo menos, había logrado su objetivo.


Entrada triunfal

Ya se habían apoltronado los jefes de las Fuerzas Armadas cuando desde las pantallas de los LCD surgieron las primeras imágenes de los presidentes visitantes. Chávez cosechó los mayores aplausos junto a Correa y Evo. Menos fervor despertaron Lugo, Piñera, Mujica y Lula.


El retrato del Che, tomado por el fotógrafo Alberto Korda, enfrentado al óleo de Evita con la cabellera al viento escoltando a Perón y Allende y acompañados por el obispo salvadoreño Arnulfo Romero, Hipólito Yrigoyen, Getúlio Vargas y Víctor Haya de la Torre, corroboraban la concepción de un Bicentenario diferente. Rostros impensados en la historiografía oficial de América latina hasta hace apenas unos años. Patriotas elegidos por los actuales presidentes latinoamericanos al recibir la invitación de la presidenta argentina.


Cristina Fernández encabezó la entrada a la Galería de los Patriotas y se detuvo a darles un beso al diputado Rivas, a Hebe de Bonafini, a Taty Almeida y a Estela de Carlotto. Detrás suyo, Chávez, Correa y Evo repitieron los abrazos con Madres y Abuelas. El ex presidente Néstor Kirchner aprovechó el tumulto del ingreso para ubicarse en la primera fila, frente a su esposa y al lado de Zelaya.


Apenas se paró frente al atril y agradeció la visita de sus colegas latinoamericanos. Desde el segundo salón de la Galería donde compartían lugares Luis D’Elía, Marta Bianchi, Luisa Busnelli, Lito Cruz, María Seoane, Francisco “Tito” Nenna, Eduardo Luis Duhalde, Horacio González, Ariel Basteiro, Claudio Morgado, Juan José Alvarez, entre muchísimos otros, llegó el grito de “Patria sí, colonia no”.

Un video protagonizado por una nena con uniforme de escuela privada presentó a los “Patriotas del Bicentenario”. Los aplausos tronaron con el Che, Farabundo Martí, Augusto César Sandino, Túpac Amaru, Solano López, y llegaron al clímax con Allende, Belgrano, San Martín, Rosas, Yrigoyen, Perón y Eva. “Todos son los padres de la Patria grande”, repitió la nena y empezó el discurso oficial.

“En el Centenario queríamos parecernos a Europa y no ser nosotros mismos. Habíamos traído a un miembro de la Casa Real de España (N. de R.: por la Infanta Isabel de Borbón). Hoy, en cambio –más allá del respeto a España–, estamos aquí con quienes han abonado América con sus ideas, su sangre, sus ideales, que prodigan la libertad para la igualdad”, precisó la Presidenta. Haciendo un paneo por los rasgos de los presidentes, Cristina Fernández remarcó: “Si uno nos mira a todos nosotros, verá diferencias de orígenes pero un solo objetivo: que sus pueblos, sus sociedades tengan más libertad, más igualdad, una distribución más equitativa de la riqueza, más educación y más salud”.


En el Cabildo estaba esperando el espectáculo de luces y sonido y un poco más allá el desfile de Fuerza Bruta. Antes del “¡Viva la Patria!, ¡Viva Argentina!, ¡Viva América latina!”, la Presidenta agradeció a sus pares el apoyo unánime por el reclamo de soberanía en las Islas Malvinas. Una placa de bronce inmortalizó la Galería de los Patriotas y todos cruzaron caminando la Plaza de Mayo para seguir la fiesta en la calle.


El Bicentenario se convertía así en un hito de otra historia.


Bicentenario con una propuesta y un protagonista



Por Luis Bruschtein

Si el clima social fuera el descripto todos los días por los grandes medios, este 25 hubiera sido imposible. Y no porque los millones de personas que participaron fueran oficialistas u opositores, sino porque no eran caracúlicos ni mala onda. Es imposible adivinar por quién votó o votará esa muchedumbre, pero si fueran ciertas las sensaciones predominantes según los medios, esa gente no hubiera ido, o lo hubiera hecho con fastidio o se hubieran producido hechos de protesta, discusiones callejeras, alguna volanteada. Si alguien lo pensó o quiso hacerlo, evidentemente desistió. No había lugar para eso. La gente hubiera reaccionado mal.

El Gobierno no partidizó el Paseo del Bicentenario ni los recitales. Alguna bandera perdida en el océano de personas puso una nota mínima sin romper. Pero la carga ideológica estuvo en toda la conmemoración. La decisión de hacerlo participativo y en un paseo público, los desfiles de inmigrantes, de pueblos originarios, de pueblos latinoamericanos, los artistas populares de todo el continente, las frases que se pasaban desde el escenario, de Jauretche, Moreno, Belgrano, Evita, San Martín o el Che. Más los locales de las Madres y las Abuelas en pleno paseo o la nueva sala de luchadores latinoamericanos en la Rosada, y la propia presencia de los presidentes de los países de Sudamérica, los más progresivos, con excepción del chileno Sebastián Piñera. Todo eso dio forma por sí solo a una propuesta. Nadie podrá decir que este Bicentenario se conmemoró de forma burocrática.

Hubo mucha gente del interior y del Gran Buenos Aires. Y, en general, los más de a pie de la Capital. Desde el viernes hasta el martes, ya fuera en los recitales o recorriendo los stands, había una alegría sin aspavientos que se extendía por toda esa marea humana que seguramente tiene pensamientos políticos disímiles. Ayer, Constitución, Once y Retiro vomitaban contingentes de personas que llegaban con sus banderitas y, a la noche, todo el mundo quería que siguiera el 25, que no terminara, que nunca llegue el 26.

Los dos Tedéum famosos, la embestida de Macri contra el Gobierno y la consecuente ausencia de la Presidenta en el Colón o el Cobos no invitado a la cena, que fueron amplificados por los medios como preámbulo de la conmemoración, no hicieron mella. Por lo general, esos microclimas mediáticos crispados casi nunca pueden tener constatación inmediata. O sea, saber si lo que se dice que sucede, sucede en la realidad. Pero esta vez sí la hubo y fue un fracaso para los grandes medios. Lo que no hubo fue gente con los pelos parados despotricando con furia, o desaforados provocando peleas y largando exabruptos como se ha visto otras veces.

Un sector de la izquierda hizo su acto en la zona de Congreso. Prefirió no acercarse al Paseo del Bicentenario. Tampoco estuvieron los “partidarios del campo” o amigos de los represores que suelen juntarse todos en una mezcla extraña y explosiva a la que después muchos medios suelen mostrar como víctimas. Hubieran chocado con el ánimo de esa gran muchedumbre que fue la protagonista real de este Bicentenario. Millones de personas en la calle que asistieron a un modelo de país que se propuso y a una interpretación de la historia.

Allí hay tela para el debate, igual que en el desfile final, donde cada escena tuvo la carga simbólica de una atómica para un modelo y una versión del pasado que son exactamente contrapuestos. Y que además han sido los dominantes muchos años. Esa versión nunca hubiera soportado cuadros del Che, Sandino, Farabundo Martí, Evita, Zapata y Salvador Allende en la Rosada ni aun cuando hayan sido donados por los países donde nacieron esos luchadores. Es un viaje, como dicen los pibes. En esa galería hay símbolos poderosos que le pisan los callos a la derecha.


Fue un Bicentenario con una propuesta presentada con mucha calidad y sin estridencias. Y con una masa ciudadana de millones de personas que escucharon y propusieron también con respeto. Mañana será otro día.

martes, 25 de mayo de 2010

BICENTENARIO: DISCURSO HISTÓRICO DE CRISTINA KIRCHNER

Frente a los Presidentes de Latinoamérica Rafael Correa, Fernando Lugo, Lula Da Silva, Sebastian Piñeyra, Hugo Chavez, Evo Morales y Pepe Mujica, y con el legítimo Presidente de Honduras, Mel Zelaya Cristina Fernandez de Kirchner pronunció un histórico discurso desde la GALERIA DE LOS PATRIOTAS SUDAMERICANOS de la Casa de Gobierno de la República Argentina, en ocasión de celebrarse el Bicentenario de nuestro país.

El Discurso completo:

Parte 1




Parte 2




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Cristina: "Estamos mucho mejor que hace 100 años"


La Presidenta luego de recibir en Casa de Gobierno a los colegas de América del sur que participarán de los últimos festejos del Bicentenario argentino, dejó inaugurada la "Galería de los patriotas latinoamericanos". Allí Cristina recordó que en el primer Centenario de la Patria "habíamos invitado a un representante de la Casa Real de España, el país estaba bajo el Estado de sitio y los inmigrantes que habían llegado de Europa portando ideas anarquistas y socialista tenían prohibida la actividad sindical. En aquel Centenario no existían los derechos sociales, ni el sufragio universal". "Hoy me enorgullece festejar un Bicentenario diferente, popular, con el pueblo en las calles, que coincide con el séptimo aniversario del proyecto que comenzó el 25 de mayo de 2003". Por último afirmó que su gobierno "nunca tomaría una medida contraria a los intereses del pueblo", y reafirmó que "creemos en la justicia, en la historia, en la memoria y en la patria".


La Presidenta recibió esta tarde el saludo de los presidentes latinoamericanos que participan de los actos conmemorativos del Bicentenario de la Revolución de Mayo. El primero fue el mandatario venezolano, Hugo Chávez, seguido por el presidente de Uruguay, José Mujica; el de Paraguay, Fernando Lugo y el de Bolivia, Evo Morales. Poco después lo hicieron los presidentes de Ecuador, Rafael Correa; de Brasil, Luiz Inácio Lula Da Silva y de Chile, Sebastián Piñera.

Entre los gobernadores se encuentran el mandatario de Formosa, Gildo Insfrán; de San Juan, José Luis Gioja; de Chaco, Jorge Capitanich; de Chubut, Mario Das Neves; de Corrientes, Ricardo Colombi; de La Pampa, Omar Jorge; de Tucumán, José Alperovich; de la provincia de Buenos Aires Daniel Scioli; de Salta, Juan Manuel Urtubey; de Santiago del Estero, Gerardo Zamora; de Santa Fe, Hermes Binner; de Neuquén, Jorge Sapag; de Jujuy, Walter Barrionuevo y Sergio Urribarri de Entre Ríos, entre otros.

Tambien asisten el presidente de la Cámara de Diputados, Eduardo Fellner, el secretario de Cultura, Jorge Coscia, los ministros de Justicia y Derechos Humanos, Julio Alak; de Economía, Amado Boudou; del Interior, Florencioo Randazzo; de Salud Juan Manzur, y el jefe de gabinete Aníbal Fernández, entre otros.

Los presidentes de la región comenzaron a llegar anoche al país. Los primeros en arribar a Buenos Aires fueron el uruguayo José Mujica, el boliviano Evo Morales y el derrocado presidente de Honduras, Manuel Zelaya.


El presidente de Paraguay, Fernando Lugo, arribó a la estación aérea militar del Aeroparque pasadas las 16,40, donde afirmó que "este Bicentenario nos sorprende con una serie de desafíos a superar: la integración, la pobreza y el crecimiento económico". Más adelante saludó al gobierno argentino "con los mejores deseos del gobierno y el pueblo paraguayo". Al agradecer "la generosidad de la Argentina por haber acogido a tantos paraguayos", Lugo sostuvo que "con los mandatarios de los países de América latina nos sentimos unidos y esperanzados para que con los gobiernos respectivos podamos superar las dificultades que enfrentan nuestros pueblos".

BICENTENARIO: EMOTIVAS PALABRAS DEL RABINO DANY GOLDMAN

En el Tedeum por el 25 de Mayo, en la Basilica de Lujan, valientes palabras del Rabino Daniel Goldman, de la Comunidad Bet El, sobre la memoria y la construcción de un futuro sin olvido. Contraste con aquellos viven hablando de los santos, pero terminan no diciendo nada.


Discípulo de un gran defensor de los derechos humanos, Marshall Meyer, perseguido en la dictadura.

Gracias Dany.
 
 



Por Daniel Goldman *

Argentina

Tierra de vidalas y Salmos.

Tierra de cobijo para inmigrantes.

Tierra de creación de gauchos judíos.

Tierra de sembrado de semillas y de cosecha de doctores.

Tierra de Gerchunoff, César Tiempo y Milstein.

Tierra de costureros y hojalateros.

Tierra de maestros y aprendices.

Tierra de diversidad y universidad.

Tierra que forja nuestra identidad tan judía como argentina

y tan argentina como judía.

Tierra que nos enseña que identidad y memoria

son dos caras de una misma moneda.

Tierra que nos convoca en este día de profundo carácter simbólico

a habitarla a través del arte de la memoria.

Memoria que nos interpela y nos demanda;

Memoria que incomoda al cómodo y acomoda al incómodo:

Evoco la memoria en el derecho de los pueblos originarios.

Evoco la memoria de los padres de la patria.

Evoco la memoria de los que ejercieron el poder con decencia y humildad.

Evoco la memoria de los obreros muertos en la Semana Trágica.

Evoco la memoria de los desaparecidos en la dictadura y los chicos de Malvinas.

Evoco la memoria de los muertos en la Embajada y en la AMIA.

Evoco la memoria de las voces marginadas, de los pobres y los excluidos.

Porque la memoria afirma la vida, y nos compromete con la humanidad.

Porque la memoria detiene cualquier abuso de poder,

otorga espíritu de resistencia y dignifica.

Porque la memoria rescata de la humillación y el exilio.

Porque la memoria exige que la autocrítica no sea mera disculpa

sino el ejercicio que nos ayude a retomar nuestros ideales como nación.


Invocamos a Dios

En esta celebración del Bicentenario, para que nos guíe y nos desafíe a seguir construyendo, a través de la memoria, un porvenir con un compromiso activo, de modo tal que los siglos nos vuelvan ejemplo de prosperidad, solidez, integración e integridad y que la gente diga con orgullo:

al gran pueblo argentino, Shalom.

* Rabino. Comunidad Bet El. Texto pronunciado en el Tedéum de Luján.

Indigenismo y Estado nacional

Pagina 12

Por Horacio González *

La expresión “pueblos originarios” hace trastabillar el juicio histórico sobre la formación de las naciones americanas. Es un concepto fortísimo, generalmente bien recibido –también por nosotros–, que puede ser invocado de una manera puramente descriptiva. Si es esto último, se refiere a una idea de inclusión social, reconsideración de la diversidad cultural y guía justiciera de un sistema de reparaciones a cargo de los ya constituidos Estados, a los que se invita a examinar serenamente su culpa civilizatoria. Incluso la habitual deliberación en torno del “genocidio de las poblaciones indígenas” puede ser una pieza conceptual de las mencionadas reparaciones y no una revisión radical de todo el ciclo histórico de las naciones surgidas de las independencias americanas.

Si en cambio la idea de “pueblos originarios” traspone el delicado umbral que la hace eminente idea reparatoria para transformarse en un síntoma completo de reorganización del sentido de las naciones, su territorialidad y andamiajes jurídico-culturales, nos colocamos ante un debate de inusitadas consecuencias y decisivo interés. Nada mejor para abrir las ideas que éstas se presenten en su sentido más desafiante.

La Argentina tiene una formación aluvional, incluso previo a su carácter inmigratorio, pues sus poblaciones criollas sedimentaron con dificultad en el territorio.

Sólo muy lentamente surgió en la llamada ciudad indiana un sentimiento de destino común; el nombre de Argentina surgió de la ávida metáfora de la minería de plata, luego tornada poética, nombre traído por los frailes dominicos en el siglo XVII. En la compulsiva incorporación de las poblaciones aborígenes al sumario cuadro de las economías coloniales alternaban estilos de masacre y negociación. Así lo muestra la historia de Francisco Viedma en la Patagonia o de Amigorena en Mendoza, testimonios de las querellas entre encomenderos, sacerdotes y militares en torno de las poblaciones preexistentes, consideradas objeto de sometimiento y trata.

Hay razón profunda para revisar enérgicamente el modo en que las políticas estatales construyeron la “cuestión indígena”, más allá de las realidades del mestizaje, que en sí mismo es una de las claves filosóficas del pensamiento americanista.

En el clásico cuadro de Della Valle, La vuelta del malón, de fines del siglo XIX, el mito de la cautiva ofrece otras formas de reflexión, como forma guerrera del propio mestizaje compulsivo. El cuerpo blanquecino de la cautiva significa una fuerte condena de la barbarie en los términos canónicos en que se expresara la política y la literatura argentina de todo ese período. Pero hay allí también una oculta apología de la “seducción de la barbarie”. No de otro modo pueden interpretarse esas cabalgaduras con sus magníficos efebos, indios que portan incensarios como boleadoras y cruces como lanzas, en una exhibición que pone cabeza abajo a la civilización para hacerla comenzar de nuevo. Con sus mismos símbolos invertidos.

La obra de Mansilla en su excursión de 18 días módicos a las tolderías de Leuvucó para encontrarse con su metafórico pariente Marianito Rosas es un antecedente esencial de la relación de los grupos étnicos territoriales con el Estado argentino. El coronel Mansilla, más allá del impresionante monumento literario que escribe en su manera sutilmente burlesca, intenta un pacto “de la Nación con las tribus”, lo que luego será condenado por Sarmiento y el Congreso, que recusan lo que se percibe como un absurdo. Que la Nación sea una entidad ajena –al punto de firmar un pacto–, respecto de entidades desplazadas o vencidas que se juzgaban pertenecientes a su mismo cuerpo victorioso. El tema vuelve ahora. La insinuación “plurinacional” que latía en el atrevimiento de Mansilla fue rápidamente conjurada. El mismo daría marcha atrás de su audacia. Que de todas maneras quedaba en el interior de su compleja genealogía familiar.


No eran posibles las alternativas a la voluptuosa idea de las “inmensas tierras fértiles solo ocupadas en destructivas correrías”. Ese era el pensamiento favorito de la elite militar-empresarial-terrateniente, con el joven general Roca a la cabeza, que reputaba tan inútiles como la muralla china a los pobres zanjones de Alsina. Su figura hoy es de gran interés, pues es el punto alto que invita a la revisión moral e intelectual de la historia argentina. La misa en Choele-Choel, dando fin a la Campaña del Desierto, es un decisivo hecho religioso, económico y científico. En todos los casos, concebidos como realidades geopolíticas emergentes de un hecho mayor de ocupación y desalojo. El cuadro de Blanes, que ocupa una pared entera del Museo Histórico Nacional y está parcialmente reproducido en los billetes de cien pesos –por allí, quizás deban comenzar los resarcimientos simbólicos–, ofrece con esas caballadas y jinetes militares el mismo Estado-Nación pensando unilateralmente el territorio.


El roquismo no representó una única cosa, o mejor dicho, fue en un grado elevado la condensación de todas las corrientes formativas del Estado nacional moderno. La metódica y privilegiada carrera militar de Roca, como la de Perón, se hace en el interior del Estado. Siempre ascendido en batalla, acatando órdenes centrales, Roca participa en la guerra contra López Jordán y derrota a Mitre cuando éste se levanta contra Avellaneda. Su predisposición a la batalla es tan grande como su curiosidad intelectual. Una doble insinuación de modernidad y descarte será la misma que aliente en el roquismo su Campaña del Desierto y su ideal de Estado. Es decir, utilización de la contundencia represiva, los modernos remingtons contra las tribus y la Ley de Residencia contra los anarquistas, con atisbos de un capitalismo entrelazado a un Estado de gran capacidad arbitral, laicismo positivista y vida cultural de perspectivas renovadoras.

Veamos estos apuntes a la luz del momento que atravesamos: es época de refundación social y replanteos culturales. La reciente marcha de los movimientos sociales indigenistas con su magna hipótesis alusiva a los “pueblos originarios” sugiere un horizonte nuevo de revisión histórica. ¿Cómo actuar en medio de un llamado a la renovación de la interpretación histórica, con las consecuencias materiales que eso implique, sin despojar a lo actuado de la capacidad de fusión que atrajo a vastos públicos y generar una ciudadanía de índole colectiva? La historia del Estado nacional no puede ser una continuidad acrítica –menos luego de los años del terrorismo estatal–, pero no se puede contar ninguna historia desde la omisión de los sedimentos que acarrea el modo imperfecto en que siempre se dan los acontecimientos nacionales.

Apelar a un “grado cero” de la historia nacional no resiste bien la implantación de un retorno a lo “originario”, que en todos los casos será incierto o contendrá el germen de involuntarios despotismos si se interpreta como un suplemento de pureza que reordene súbitamente el presente. Otra cosa es la idea de “pueblos originarios” que, con razón, evite la complaciente idea del crisol de razas y también un pluralismo cultural que muchas veces, en su pulsión deshilvanada, deja el sentimiento de que no trasciende el horizonte académico en que dominan los llamados “cultural studies” de las universidades norteamericanas. El Centenario ensayó su “eurindia” o su “euroargentina”. Sin negarse lo que ha sido desplegado, urge hoy encontrar vocablos nuevos.

La famosa fotografía de Namuncurá con uniforme de general argentino es un penoso emblema de fusión estatal-indigenista que llena de desolación y desnutre la historia. Los diccionarios de lenguas aborígenes que practicaron Rosas, Perón y lateralmente Mitre, son un evento de la lengua estatal que propone ampliaciones y una actitud indulgente con los vencidos. Puede tolerarlos y en un paso más avanzado, otorgarle ciertas reparaciones. ¿Es suficiente? Jesuitas y salesianos, con sus diferentes modalidades, trataron a las poblaciones con tecnologías espirituales viciadas, los primeros con su oscura atracción intelectual por las fronteras de Occidente, promoviendo hibridaciones compulsivas, los segundos con un pietismo pedagógico que mal escondía un despotismo moral y un asfixiante paternalismo. Realizar balances y producir memorias de estos mojones de la historia nacional es tan urgente como necesario hacerlo con sensibilidades que eviten el esquematismo y la solución ocasional, éstas inspiradas en bibliografías generosas pero deshistorizadas.

Están en juego nuevas perspectivas de distribución de recursos productivos y formas de relación con las economías de la tierra que ante un crucial momento de la humanidad compongan escenas de eticidad en comunión con enfoques económicos que se sostengan en categorías emancipatorias. A Sarmiento no le valió la sensible perspicacia de su pluma para evitar en su último y deshilachado libro, Conflicto y armonías de razas en América, una odiosa y latente invitación a la masacre. Pero el re-examen de la conciencia institucional, escrita y actuada en torno de los temas de las naciones “plurinacionales”, tema proveniente del fracaso de los Estados nacionales construidos a fines del siglo XIX, aún deberá recorrer caminos de autoexigencia más rigurosa. “Nuestro caso es el más extraordinario y complicado”, decía Bolívar en el Discurso de Angostura, al recordar las bases históricas y étnicas de la formación americana. No ha variado esa situación hasta ahora en nuestros complejos procesos culturales.


No hay por qué detener este debate que es profundo y ha sido reabierto. Los nombres de las naciones hoy existentes están en condiciones de resistir una discusión que es la misma a la que deben convocar. Las naciones y sus nombres no se desarman como juguetes mal ensamblados, pero sus ensambles de injusticia y carentes del gran aliento de las historias más altas de la humanidad deben ser refutados con nuevas prácticas y enunciados colectivos. Una nación como la nuestra, que llamó a todos los hombres del mundo y no siempre ha sido fiel a ese llamado, debe imponerse un nuevo canon civilizatorio, fundado ahora en un nuevo humanismo crítico–político, cuyos ejemplos no son escasos en su propia historia.


Madres de Plaza de Mayo - Vidas de lucha y aprendizaje compartido

Pagina 12

Por Alejandra Dandan



Una vieja empleada doméstica se abría camino apretando el cuerpo para darle un beso a una de las Madres de la Plaza. En el interior de la carpa de la Secretaría de Derechos Humanos, las Madres terminaban un debate frente a quienes entraban por oleadas, y escuchaban, y preguntaban y miraban y querían saber. Porque les pidieron, con esas mañas de los discursos de antes, si ellas sabían, por ejemplo, en qué estaban sus hijos. Y las Madres hablaron sin medias palabras: en el contexto de la celebración de los 200 años hablaron de la militancia.


Fue el tercer día de festejos. La agenda del Bicentenario tuvo tres territorios marcados para los derechos humanos: la carpa de Abuelas, la Asociación de las Madres de Plaza de Mayo y una estructura de la Secretaría de Derechos Humanos de Nación que programó ayer una jornada dedicada a los organismos de derechos humanos. Pasaron Familiares de desaparecidos, Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora e Hijos. “La posta de los derechos humanos”, como se la llamó, incluyó cortos sobre la dictadura y los juicios a los represores. Imágenes de la recuperación de los centros clandestinos, testimonios de sobrevivientes y un aplauso de los visitantes cuando apareció en la pantalla la imagen de Baltasar Garzón.

“Alejandro cursaba primer año de medicina y era un gran militante, trabajaba en el ERP”, respondió Tati Almeida, una de las madres, cuando le preguntaron por su hijo. Alejandro desapareció en 1975. “Yo a Ale lo fui conociendo más tarde –dijo ella–, a través de las poesías, porque cuando lo secuestraron encontré 24 poesías en su agenda de teléfonos, no sabía de la militancia pero estoy muy orgullosa, porque ése es el mejor recuerdo.”

Alrededor, escuchaban doscientas personas. Doscientas renovándose a cada momento. “¿Por qué no nos contás de dónde venías vos, tu familia?”, pidieron adelante. Tati volvió a contar en ese momento su historia de conversión, aquello de sus raíces de “gorila”.

–¡Soy la mamá de Sebastián Bordón! –se escuchó de pronto–. Vine para decirles que aprendí mucho de ustedes. Ibamos a buscar a Sebastián a miles de kilómetros de casa, y esos saberes que ustedes tienen ayudaron a otras madres que perdimos a nuestros hijos en democracia.

Mary, la empleada doméstica se levantó poco después. Viajó desde Temperley. En ese rato se acordó de cuando era joven y trabajaba cama adentro en una casa de la avenida Santa Fe, cuando corrían por el miedo, volviendo con los chicos de la escuela. Tres estudiantes de abogacía llegaban de Lomas del Mirador. ¿Por qué estoy?, repetía una mujer, saliendo. “Porque me interesa mi país, esto es lo más bello que he visto, ver toda esta gente, que sean juzgados los militares y ojo que no soy militante, pero las he vivido todas, siempre donde tuve que estar.”

Hijos habló sobre los Juicios. Por un Bicentenario sin impunidad, decía la convocatoria. “Intentamos contar que los juicios son parte de la historia del país”, dice Giselle, de Hijos. “Que a los militares los condenamos todos; que antes estaban los escraches, que ahora hay juicios públicos pero toda la sociedad tiene que saber quiénes son y qué se hace.”


A más de miles de cuerpos de distancia, hacia el sur, en el cruce con Avenida de Mayo, Hebe de Bonafini terminaba de darle un beso a Valeria, veterinaria, a punto de irse a Bariloche. La construcción de la carpa de la Asociación de las Madres no se tercerizó, aclararon en la organización. La levantó una parte de los 5500 obreros de las cooperativas de viviendas que vienen levantando barrios con las Madres. “Acá nos pasó lo mismo que en Costa Salguero”, dice Juan José, con el casco en la cabeza. Pasó gente preguntando dónde están los barrios, gente que se sorprendió, que no sabía qué están haciendo las Madres. Gente que preguntó dónde había que anotarse. Pero también, sigue Juan José, “vienen los arquitectos, los ingenieros y nos preguntan cómo hacemos las casas, como nosotros somos los que laburamos también somos los que damos las explicaciones”.


A cuadra y media se amuchaban las filas ante el stand de las Abuelas. Llevaban repartidos más de 40 mil volantes. Arturo Bonin, durante toda la tarde de ayer apareció en un corto repetido tres veces por la afluencia de público. “Queremos un país en el que las tragedias ocurran únicamente aquí –decía–: sobre el escenario.” El público no hablaba. Una chica pasó preguntando cómo hacer porque cree que una amiga es hija de desaparecidos. Otros hicieron denuncias. También de chicos que pueden ser hijos de desaparecidos.


NOCHE DE FOLKLORE EN EL BICENTENARIO

Imperdible noche de Homenaje al Folkore en la Av. 9 de Julio de la ciudad de Buenos Aires, con la actuación de Los Olimareños, los Kjarkas (Bolivia), Soledad y el Chaqueño Palavecino. El clima se llenó de sonidos nacionales y latinoamericanos, contrastando con una gala en el Teatro Colón llena de personajes de la farándula. Esos que saturan la televisión de cultura del hemisferio norte. Con Cleto y todo.








lunes, 24 de mayo de 2010

CARLOS MUGICA: Entre la cruz y la espada

Anticipo del libro El inocente. Vida, pasión y muerte de Carlos Mugica

Fuente: Revista 23


Con la llegada del verano, las obligaciones de Carlos Mugica en la Juventud Universitaria Católica y en el Nacional de Buenos Aires habían quedado en suspenso. La decisión de la Curia de separar al sacerdote Jorge Pascale de su puesto de asesor nacional lo tenía preocupado, a mal traer. Estaba enojado porque sabía que no podía hacer nada para cambiar la situación, pero además tenía miedo. Temía que sus superiores lo castigaran por haber participado del diálogo entre católicos y marxistas. Lo paralizaba la idea de que le pidieran que renunciara al sacerdocio. Su carácter, su pasión y su rebeldía se esfumaban con sólo pensarlo. Se sentía un pequeñísimo y temeroso hijo de Dios. El inmenso esfuerzo que hacía, junto a otros curas, para llevar a la práctica las enseñanzas del Concilio Vaticano II podría desaparecer si los furiosos obispos decidían apartarlo. Así pasó, lleno de dudas, los primeros tres días del nuevo año. (...) El cura Rodolfo Bufano le había pedido que fuera asesor espiritual y guía de los estudiantes secundarios durante un campamento que se realizaría en los primeros días de febrero. El retiro se haría en Tartagal, en el norte de Santa Fe, donde se realizaban las Misiones Rurales Argentinas (...).

Antes de partir, visitó, uno por uno, a todos los vecinos, tomó nota de los bautismos, clases de catecismo y casamientos con los que tendría que cumplir a su regreso. Prometió un nuevo campeonato de fútbol y se fue.


Aunque las reuniones que mantenía con los alumnos del Nacional de Buenos Aires en la sede de la Acción Católica de Alsina 830 eran siempre iguales –oración, lectura y reflexión–, en las últimas los estudiantes estaban muy excitados porque se irían de campamento con la Acción Misionera Argentina. Y así, las últimas semanas de diciembre, siempre después de orar, las pasaron discutiendo acerca de cómo sería el viaje, qué papel tendría cada uno, cómo se repartirían las tareas. Mugica trataba de contenerlos.

Los últimos días de enero, entusiasmados y con las mochilas llenas de ropa y de comida, un grupo de quince alumnos que pasaba al último año del colegio secundario partió rumbo al chaco santafesino. Una monja vestida de civil, algunos jóvenes de la Acción Católica, el presidente de la Juventud Estudiantil Católica y un sacerdote recién salido del seminario los acompañaron. Estar lejos de sus casas les daba a todos una enorme sensación de poder. Subieron al micro dispuestos a cambiar el mundo.

Durante el viaje, el calor era agobiante. Las bromas fueron desapareciendo a medida que recorrían más kilómetros, y muchos se quedaron dormidos con las ventanillas abiertas. Dos de los varones que no dejaban de hablar, Carlos Ramus y Mario Firmenich, estaban como recién levantados. Uno era gordo y el otro petiso y llamaban la atención porque andaban siempre juntos. Despiertos, conversando, llegaron a Reconquista. En la parada los esperaba un camión para llevarlos a Tartagal


–Esto se pone bueno –le decía Mario a Carlos rebotando en la tolva, sentados sobre sus mochilas, mientras los demás repasaban lo que tenían para hacer. Las mujeres, con la monjita joven a la cabeza, tenían que hacer una lista con todos los niños del pueblo en edad de ser catequizados. Los varones iban a recorrer las casas para saber qué necesitaban los vecinos y para invitarlos al culto que celebrarían por la tarde.

El primer día terminaron agotados pero contentos por el trabajo que habían hecho, aunque la alegría les duró poco. En las jornadas siguientes, con la llegada de Carlos Mugica, el clima del campamento se fue endureciendo. A la noche, después de la cena, el cura los reunía y los interrogaba.

–¿Qué hiciste hoy por tus hermanos? –les preguntaba uno a uno–. ¿Y qué no hiciste?


Alrededor de un fogón, muchos contestaban sin inmutarse pero otros se angustiaban tanto que al final de la charla se iban a dormir llorando porque sentían que no eran lo suficientemente buenos como para agradar a Dios. El discurso del cura los hacía sentir mal, llenos de dudas. Él quería que sus estudiantes entendieran bien el mensaje. Para eso los había llevado hasta allá.


–¿Cómo cumplo yo con Dios? ¿Cómo cumplieron hoy ustedes? Cuidado, porque hay muchos que se dicen católicos porque creen que la religión es eso, cumplir con Dios. Y nada más lejos. Si comulgo a la mañana para aprobar un examen a la tarde, por más que comulgue a la mañana, a la tarde y a la noche, si no estudié me van a hacer un agujero grande como una casa. Lo mismo si le ponen velas a San Antonio para conseguir novio. Para nosotros, la auténtica revolución significa formar hombres que vivan en función de servicio hacia los otros. El ideal de la vida cristiana está en tener lo suficiente, lo necesario, nada más.

Sentados alrededor del fogón, los jóvenes miraban desplegarse la figura de Mugica, la sombra de sus gestos iluminados por el fuego. Estaban contentos. Sentían que acababan de despertar de un sueño y que, justo allí, en ese pueblo, estaba la vida real. Con admiración, seguían cada una de las palabras que pronunciaba el cura rubio que, en las noches cerradas, les exigía una revolución.

Y con el paso de los días, la rutina se iba haciendo cada vez más pesada. Los chicos estaban obsesionados con la forma de vivir de los hacheros. Sentían que era injusto que padecieran tanta pobreza, sin trabajo, sin abrigo, casi sin comida. Se daban cuenta de que podían hacer algo para cambiarlo. Los varones, que por las tardes iban a caballo hasta las casas más alejadas, empezaron a llevar papel y birome para anotar todo lo que necesitaba la gente.


Una noche, después de que Mugica bendijo los alimentos, cenaron en silencio esperando el momento de la reflexión. Estaba por llover y decidieron charlar en la capilla del pueblo. Después de rezar, los varones sacaron las listas y comenzaron a leerlas en voz alta. El cura sonrió por lo bajo. Su prédica estaba haciendo efecto.


–Carlos, nosotros sentimos la necesidad de cambiar las cosas de raíz –dijo Mario–. Tenemos que hacer algo más que enseñarles catecismo e invitarlos al culto. ¡Para eso estamos acá! Podemos ayudarlos a cambiar.


Desde el banco de al lado, el petiso Ramus asentía con la cabeza. Y, como él, todos los demás.


–Podemos hacer que se organicen. Los que están más lejos tienen menos posibilidades. Les decimos que vengan, que se junten entre ellos y vemos qué es lo que necesitan. Son gente que no tiene trabajo fijo, les pagan miserias –siguió Mario.

El grupo hizo silencio para que hablara el cura. Y el padre Carlos, esa noche, arremetió con un discurso que a los muchachos les pareció extraño.


–Escuchen, la burguesía no va a dejar de lado sus privilegios si nadie la obliga.


Se miraban entre ellos. Estaban entre asustados y entusiasmados.


–Lo que nosotros tenemos que hacer es intentar que la gente no sea explotada. Pero para eso no basta con enfrentarnos a sus patrones. Hay que explicarles que están oprimidos. Hay que pensar cómo hacerlo. Podemos pensarlo y mañana, cuando nos volvamos a reunir, lo conversamos a fondo.


Al otro día, Carlos Ramus apareció en la capilla desencajado. Volvía del monte, a caballo, a todo galope, buscando a Mugica para contarle que una tormenta había tirado abajo un rancho y una familia estaba a la intemperie. El cura lo acompañó hasta el lugar. La conversación que los dos tuvieron con esa gente fue el tema de la charla de esa noche.


–¿A mí qué me vienen a hablar de Dios? –le dijo el jefe de la familia–. Nos estamos muriendo de hambre. Nosotros somos la alpargata del patrón.

Al grupo, con Mario como portavoz, se le ocurrió que debían reorganizar el sindicato de hacheros. Para eso, le pidieron ayuda al abogado Roberto Perdía. Y esa noche, solamente después de revisar las acciones del día y de confesar públicamente en qué había fallado cada uno, Mugica les dijo:

–El estado de violencia que ustedes ven acá es violencia de los de arriba hacia los de abajo. Somos testigos directos de la explotación del hombre por el hombre.

Carlos y Mario miraban al cura con ojos enormes. Graciela, una de las chicas que formaba parte de la Acción Misionera Argentina, lloraba. Para ella, Mugica era demasiado duro, le daba miedo


El cura rubio y los jóvenes estudiantes decidieron pasar a la acción, tal vez impactados por la noticia de la muerte de Camilo Torres, un sacerdote colombiano que había dejado los hábitos para formar parte de la guerrilla en su país. Con esa muerte, la premisa de “hacer algo pero ya” se instaló con fuerza aunque muchos no sabían ni siquiera qué era una guerrilla, quién era Camilo Torres ni qué pasaba en Colombia.

Los muchachos se repartieron por zonas y salieron a convocar a los vecinos a una reunión en el playón del pueblo. El objetivo era armar un petitorio que Mugica le entregaría al padre Iriarte en la ciudad de Reconquista. Cada uno de los vecinos pondría su firma.

Mario, Carlos y Fernando se reunieron con los hacheros para explicarles las ventajas de estar organizados. La movida llegó a oídos de las autoridades del pueblo. La tarde siguiente apareció la guardia rural de la policía de Santa Fe y, con armas en la mano, rodeó al grupo de misioneros. Mugica intercedió y se fueron, pero esa noche, después de la cena, la reflexión fue tan intensa que cambió la vida de muchos de ellos. Fue esa noche cuando a la idea de lucha le agregaron la de armada.

–¿De qué manera podemos cambiar las estructuras injustas? –preguntaba Ema, una de las chicas que trabajaba con Mugica en la villa de Retiro.

–Usando la misma violencia con la que nos trataron hoy –le respondió Mario–. Necesitamos un cambio estructural. ¿Cómo nos podemos defender de la guardia rural si no es usando las mismas armas que tienen ellos?

–Hay que hacer algo ahora, no esperar que las cosas cambien cuando llegue el reino de los cielos –decía Graciela.


–A mí no me gusta la violencia. Pero el problema es que no puedo quedarme pasivo, tranquilo ante la situación de la terrible violencia institucionalizada que estoy viviendo porque, si lo hago, soy un asesino de mi pueblo que se está muriendo de hambre. Ese es el verdadero problema –les dijo el cura–. Cristo echó con violencia a los mercaderes del templo –continuó–. Si la lucha lo requiere, si no hay más remedio, hay que usar la metralleta. El uso de la violencia es lícito. Por nuestros hermanos. Para que no los opriman.

Al día siguiente lograron reunir a más de cien trabajadores en el playón. El padre Mugica leyó un petitorio y los que pudieron firmaron. Otros estamparon el dedo. Luego partió para Reconquista. El cura más joven y la monjita quedaron a cargo de los chicos que en unos días más volverían a Buenos Aires.

Sin Mugica cerca, Graciela lloró todo lo que pudo y le dio la gana.


–¡Me quiero quedar acá! ¡No puede ser que me vuelva a casa y duerma en mi cama mientras esta gente se muere de hambre!

–Te equivocás –la consolaba Mario–. No es así. Lo que tenemos que hacer es tratar de que esta gente no viva más así, no quedarnos a vivir como ellos. ¿Entendés, Gracielita?

La última noche hubo show de despedida. El dúo formado por Carlos Ramus en el bombo y Mario Firmenich en la guitarra interpretó canciones de Atahualpa Yupanqui. Los invitados al fogón los aplaudieron con euforia.

A la mañana el grupo de misioneros dejó el pueblo. Ninguno de ellos retomaría su vida anterior. Aún no lo sabían pero ya no eran los mismos.

MEMORIA DEL MEDICO DE LOS POBRES

No tengo cuerpo, soy un valor, un sentimiento y también un compromiso. Hago mi casa en el corazón de muchas personas que desinteresadamente ven y escuchan a sus hermanos en la obstinada intención de construir una Patria de iguales.



Estuve presente en estas tierras desde 1810 por lo menos, en ese sentimiento de Patria, que es un primo muy querido, que llevó a hombres y mujeres a independizarse del yugo español. También estuve en las familias que todo lo dieron por un sueño de liberación en esas luchas por la independencia. Una independencia que después no robó un enemigo muy oscuro: el egoísmo.

Les cuento que hace muchos años, un médico prestigioso, que había nacido en 1895, viajando en mi amigo el tren, llegó a un pueblo chiquito en el monte formoseño: Estanislao del Campo. En ese pueblo convivían olvidados campesinos y comunidades mas olvidadas aún del pueblo originario Pilagá. El tren se detuvo y el doctorcito Laureano Maradona tuvo que atender un parto difícil de una mujer. Cuando el tren debía reiniciar su marcha, el doctorcito reparó en la cantidad de desheredados de la tierra que había en ese lugar. Allí aparecí yo… la solidaridad. Y mi hermana la Justicia. El médico se quedó a vivir en Campo, llamado entonces Guaycurri. Desde ese día recorrí con el los montes del impenetrable llevando consuelo y salud a todos los afligidos. En los 50 años que allí vivió Don Laureano trabajó desinteresadamente en el progreso social, sanitario, económico de las comunidades originarias.

Laureano Maradona vivió hasta los 91 años en ese pueblo. Quedó en la memoria colectiva como “el médico de los pobres”. Su casa, una casa muy humilde fue durante muchos años el refugio de los desconsolados. Aún pueden verse allí los frasquitos con remedios.


Laureano no profería grandes discursos, ni hablaba difícil. Pero era el testimonio vivo de lo que puede la fe, la esperanza y el deseo de un mundo mejor. Todo el era un ejemplo de vida. El decía: “Que sólo los demás tengan derecho sobre mí”.


Laureano murió en la década del 90. Cuando los argentinos recuerdan el “DIA DEL MEDICO RURAL” , todos los 4 de Julio (día de su nacimiento allá por 1895), lo recuerdan en honor a el, que con compromiso con los pobres construyó ese pedacito de Patria.

Bicentenario: LOS 10 DESTACADOS DE LA HISTORIA

Opiniones en y por la Historia en el Bicentenario de la Argentina

Sur

Por pacho O'Donnell




BERNARDO DE MONTEAGUDO

Bernardo de Monteagudo, un intelectual extraordinario, un gran ideólogo, un hombre que se hizo necesario a O’Higgins, a San Martín y a Bolívar y que murió a los 36 años, luego de una vida consagrada a la revolución americana.

PUEBLOS ORIGINARIOS


Nuestros antepasados aborígenes que comprendieron que Solís era un enemigo al cual había que repeler y si fuera necesario como lo fue, eliminar. Demostrando una lucidez mayor que los aztecas y los incas, que se dejaron dominar por no darse cuenta de esto. Y también el pueblo, la chusma, es decir los sectores populares, que rechazaron las invasiones inglesas cuando la clase dominante hizo buenas migas con los europeos.

MANUEL BELGRANO

Manuel Belgrano junto a Juan José Castelli, que fueron los ideólogos de la inteligentísima puesta en marcha de la Revolución de Mayo, unidos por el parentesco y también por el patriotismo demostrado, al hacerse cargo de la conducción de ejércitos cuando eran abogados, magníficos intelectuales, y que también compartieron un final trágico que las revoluciones suelen reservar a aquellos que les son necesarios al principio.

CORNELIO SAAVEDRA

Saavedra, a quien nuestra historia oficial maltrata, que a diferencia de Moreno –que tenía una idea de que debía haber una vanguardia esclarecida que llevara adelante la revolución–, Saavedra se inclinaba por la participación de los sectores populares, como fue evidente al fomentar el ingreso de los representantes provinciales en la junta de mayo constituyendo la Junta Grande. Podría decir que Moreno fue protounitario y Saavedra protofederal.

MANUEL DORREGO

Manuel Dorrego, un estadista extraordinario, gran patriota, representó los intereses liberales en el centro del poder unitario de Buenos Aires, y pagó muy cara su vocación por interpretar los intereses populares.


GERVASIO DE ARTIGAS


José Gervasio de Artigas, el caudillo federal más esclarecido que llevó a tener bajo su influencia la Banda Oriental, Entre Ríos Misiones, Corrientes, Santa Fe y parte de Córdoba, que se autodenominaron los pueblos libres que abogaron por un federalismo en el cual las provincias tuvieran la misma importancia y que se pronunciaron en contra de la arbitrariedad y autoritarismo de Buenos Aires, que se quedaba con todos los ingresos de la aduana.

JOSÉ HERNáNDEZ


José Hernández, un hombre a quien la historia oficial esconde detrás de una versión edulcorada del Martín Fierro. Comprometido con el federalismo, luchó en Pavón y escribió un libro genial que relató el infortunio de los sectores populares ante la organización nacional, que está porteñizada porque fue hecha por la oligarquía librecambista.

ROOQUE SÁENZ PEÑA

Roque Sáenz Peña, un hombre convencido de la patria grande, que practicó el americanismo poniéndose a las órdenes del Perú en su lucha contra Chile, además fue el gestor del voto universal secreto y obligatorio que cambió la política argentina.

HIPÓLITO YRIGOYEN

Yrigoyen, que fue el primer presidente elegido por el voto democrático y que significó la incorporación a la faz pública, a las cosas de la república, la intervención de los sectores medios a la administración pública y al industrialismo. Incorporó a los sectores populares a los asuntos del país. Permitió, con su metodología, frenar un poco a los sectores más dominantes del poder.

JUAN DOMINGO PERÓN


Juan Domingo Perón y Evita, por la incorporación al país de los sectores populares y que les regalaron una serie de leyes sociales y los pusieron a la par de los países más avanzados con una doctrina y una metodología política que les permitió y nos permitió hasta hoy oponernos a los intereses más desbordantes de los factores de poder.

MUNDO ALAS EN EL BICENTENARIO

La historia de un grupo de artistas discapacitados... "Mundo Alas".



Pancho Chebez toca la armónica; Alejandro Davio, la guitarra; ambos componen y cantan. También canta Maxi Lemos; y Carina Spina, con la voz afinada como un vidrio limpio.

Bailarines, hay varios: Juan Pablo Pérez; Demián Frontera, Sandra González y María Laura Vicente, del grupo Alma; Karina Amado, Lucrecia Pereyra Mazzara, Nidia Scalzo, Eduardo Spasaro y Javier Trunso, del grupo de danza tango de la Asociación Amar. También hay pintores con la boca y con los pies.


Son parte del elenco que León Gieco eligió para acompañarlos, a él y a su tecladista y arreglador Luis Gurevich, en Mundo Alas. Se presentaron el 23 de Mayo de 2010 en el recital de HOMENAJE A LA MUSICA LATINOAMERICANA, ante unos cien mil jóvenes que los ovacionaron en la Avenida 9 de Julio de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Un lujo para nuestro país. Leon... un referente popular como siempre. Y los chicos de mundo alas, son el ejemplo viviente de que todas las dificultades se pueden vencer con alegría y decisión.

Carina Spina





Pancho Chebez - Canción Para Beto


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